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Una carta de hace 125 años desvela el posible origen de la palabra inglesa «hack»

Hack

Hack

Si caminamos por el corazón del cuartel general de Facebook en Menlo Park, California, nos podemos encontrar un lugar con un imponente mural de dos pisos de alto pintado por el artista Brian Barnecio. El diseño parece un enorme tótem plagado de formas abstractas y con una sola palabra en el centro: hack.

A finales de los años ochenta, y durante los noventa y principios del siglo XXI, hack era una palabra dañina y canalla, pues evocaba el peligro y la actividad criminal en el submundo cibernético que constituían las redes informáticas. El término trataba de la irrupción en los sistemas informáticos, redes telefónicas y otras tecnologías vulnerables. La mayoría de la gente que conocía la historia del hacking y estaba relacionada con el mundo de la informática no tenían esa impresión de los hackers, pero la connotación negativa se afianzó como la corriente principal entre el pueblo llano.

Mural en las oficinas de Facebook

Mural en las oficinas de Facebook

Sin embargo, en la última década, hack y hacker han sido rehabilitados como términos. Hoy, al parecer, todo el mundo quiere ser un hacker. Facebook, por ejemplo, ha recorrido un largo camino hacia la renovación de estos vocablos; el éxito de la construcción de su empresa se ha gestado alrededor de la idea de que el hacking es algo positivo, una forma de transformar las tecnologías en algo mejor.

Gracias, pues, a Zuckerberg y su Facebook, y a otros tantos ambiciosos desarrolladores de software de todo Silicon Valley, hack es hoy una palabra con dos significados. Por un lado, tenemos a los hackers llamados de sombrero blanco (white hat hackers), que construyen aplicaciones nuevas y geniales y, creativamente, abren nuevos caminos. Y tenemos, también, a los hackers de sombrero negro (black hat hackers), que descaradamente comprometen sistemas informáticos en su propio beneficio.

Pero, ¿cuál es el verdadero significado de la palabra? ¿Era, originalmente, ese significado positivo o negativo? La cuestión es más complicada de lo que parece. No se puede dar una respuesta definitiva, pero ha aparecido una nueva pieza del rompecabezas. Y es que antes de que llegara al mundo la alta tecnología, la palabra hack conllevaba un significado especial en el mundo de las peleas de gallos, durante el siglo XIX.

Hack se remonta a, por lo menos, el período inglés medio (quizás en algún momento entre 1150 y 1500), y su evolución es seguramente bizantina. Según el afamado Oxford English Dictionary, llegó hace varios siglos, llevando otra forma entre sus acepciones actuales, a saber: «cortar con fuertes golpes de forma irregular o al azar«.

Amén de lo anterior, Emily Brewster, un editor estadounidense de Merriam–Webster Inc., buscó en sus archivos y logró encontrar esta carta fechada el 4 de abril de 1890, dirigida a G. & C. Merriam & Co. y firmada por un tal AW. Douglas. El membrete es de la empresa Simmons Hardware Company, de San Luis (Misuri).

Posible origen de "hack" (clic para ampliar)

Posible origen de «hack» (clic para ampliar)

Douglas, en su misiva, señala que el diccionario del momento omite una palabra que se utiliza coloquialmente y fue originada en las peleas de gallos. Y dice textualmente: «cuando un gallo da una paliza a otro y, después, el vencido corre siempre que ve al vencedor, eso se conoce con la palabra ‘hackear’ y, por lo tanto, ‘ser hackeado’ es tener miedo de alguien«.

¿Es posible que la jerga de las sureñas peleas de gallos de alguna manera diera el salto a las paredes de Facebook siglo y pico después? Puede ser, quién sabe. Pero no tenemos nada tan definitivo como para afirmar que existe una relación directa entre aquellas peleas de gallos y la actividad relacionada con la informática maliciosa. Es totalmente posible que los significados se desarrollaran de manera completamente independientemente los unos de los otros.

Cuando varios hackers usaron los ordenadores del programa nuclear iraní para poner música de AC/DC

AC/DC

AC/DC

Entre 2009 y 2010 el programa nuclear de Irán fue blanco de un ataque cibernético devastador. Un virus conocido como Stuxnet y colado por un grupo de hackers, según los informes desarrollados por los gobiernos estadounidense e israelí, tomó el control de las instalaciones nucleares en todo el país, causando que miles de máquinas se estropearan. Pero, al parecer, no satisfechos con paralizar los esfuerzos nucleares de Irán, quisieron demostrar su poder de otra manera. Para ello, y siempre según los informes citados, secuestraron estaciones de trabajo de la red iraní y las utilizaron para poner, a todo volumen, música del grupo australiano AC/DC.

Y debieron de poner la música muy, muy alta. En su intervención en la conferencia de seguridad Black Hat, el experto en seguridad informática Mikko Hyppönen recordó el correo electrónico que recibió de un científico iraní en el momento de los ataques de Stuxnet. El contenido se detalla a continuación.

«Había también algo de música tocando al azar en muchas de las estaciones de trabajo durante la noche con el volumen al máximo. Creo que era la banda estadounidense AC-DC Thunderstruck. Todo era muy extraño y sucedió muy rápido. Los atacantes también han logrado ganar acceso root a la máquina por la que entraron y eliminaron todos los logs».

Por supuesto, Thunderstruck es una canción de 1990 del álbum The Razor Edge, no un sufijo del nombre de la banda australiana (que no estadounidense). Pero ese científico puede ser perdonado por sus altos desconocimientos musicales, y es que bajo las leyes de censura del país, sólo la música floclórica de Irán, la música clásica o la música pop son admitidas allí.

Desde el ataque de Stuxnet, el presidente Obama ha advertido contra el uso de armas cibernéticas para atacar a otros países, por temor a que pueda ser reutilizado su código fuente y se convierta en un ataque inverso contra Estados Unidos. Hasta el momento, el presidente no ha comentado sobre los peligros de la implementación de canciones de AC/DC en estos ataques 😉 .

Ventamatic; porque en España hubo vida antes de ‘La Pulga’ y de ‘Fred’

Ventamatic

Ventamatic

Josep-Oriol Tomas, un joven catalán de la localidad geronesa de Roses, llegó a Barcelona a estudiar ingeniería de telecomunicaciones allá por el año 1978. Aquello no fue lo que esperaba, y sus ansias por los estudios se diluyeron dentro de una carrera aburrida y con muy pocas clases prácticas. Era la época que era.

Apremiado por la experimentación que no recibía durante los primeros años de universidad, comenzó a comprar revistas de electrónica digital y de microcomputación, sobre todo extranjeras y, a partir de 1981, pudo empezar a contemplar en aquellas publicaciones los anuncios comerciales de un pequeño ordenador que acababa de salir al mercado británico y que prometía, con un tamaño un poco mayor que el de una calculadora, servir para montones de cosas como programar aplicaciones, disfrutar de videojuegos, llevar la contabilidad de una empresa o diseñar gráficos y animaciones. Aquel extraño aparato era un Sinclair ZX81, una versión del ZX80 (este apenas se dejó ver fuera de Inglaterra) comercializado el año anterior.

Sinclair ZX81

Sinclair ZX81

Josep-Oriol decidió comprarse un ZX81 enviando uno de aquellos cupones que venían con las revistas y, tras un mes de espera, recibió su flamante Sinclair en casa. Aquel punto de inflexión en su vida supondría el antes del joven estudiante y el después del primer empresario de los ocho bits en España.

Y es que muchos piensan que aquello de la Edad de oro del software español es una etiqueta que se le aplica a lo que comenzó a brillar con luz propia de la mano de Indescomp y ‘La Pulga’ en 1983, pero lo cierto es que un par de años antes ya se vendía software de bastante calidad en este país.

Los compañeros universitarios de Josep-Oriol Tomas se empezaron a interesar también por el Sinclair ZX81, y el joven decidió importar máquinas de Inglaterra en mayores cantidades para, después, vendérselas a sus amigos. Allí comenzó su actividad como comerciante y distribuidor de hardware y, posteriormente, software.

Como hijo y sobrino de empresarios, decidió apostar por ofrecer un carácter más profesional a sus transacciones, distribuyendo sus artículos bajo una marca. Como él no conocía mucho aún del mundo de los negocios, adoptó la marca ya registrada de una empresa de su padre que se dedicaba a la instalación de máquinas de vending, las máquinas expendedoras de toda la vida. Aquella empresa se llamaba Ventamatic. Bajo este logotipo se dispuso a vender todos los ordenadores que importaba, así como periféricos, accesorios varios y los primeros juegos para el pequeño ZX81.

Cupón de compra de Ventamatic en su fanzine

Cupón de compra de Ventamatic en su fanzine

En paralelo con este incipiente negocio, Josep-Oriol pensó que había que preparar alguna especie de documentación que hiciera más fácil la vida a todos aquellos incautos que se decidían por adquirir uno de esos computadores, por lo que se lió la manta a la cabeza y fundó el conocido en la época como Club Nacional de Usuarios del Sinclair ZX81, una suerte de asociación de frikis y nerds ochenteros que disfrutaban cacharreando con sus microordenadores y sacándoles chispas. Aquel club, como no podía ser de otra manera, debía disponer de su propio fanzine, muy típico en la época, y allí fue cuando nació ‘El Mundo del ZX81‘, una publicación totalmente manual y casera que Josep-Oriol redactaba y distribuía entre todos los componentes del club.

‘El Mundo del ZX81’ es una de aquellas joyas de las que hoy se conservan muy poquitos ejemplares originales, y menos de una decena escaneados y colgados en Internet. El fanzine se nutría con los textos que Tomas extraía sobre todo de revistas británicas y, además, con las propias aportaciones de los socios en materia de listados de código de videojuegos y aplicaciones, trucos y otras recetas. Algunos de aquellos socios del club que dejaban su granito de arena dentro del fanzine del ZX81 fueron los posteriores primeros programadores a sueldo de Ventamatic.

Fanzine ‘El Mundo del ZX81’

Fanzine ‘El Mundo del ZX81’

El señor Tomas vio desbordados sus quehaceres cuando las ventas de la empresa comenzaron a elevarse por encima de lo que una única persona podía controlar, por lo que decidió instalarse en un apartado del local de un negocio familiar y contratar a una persona para recibir pedidos, hacer compras, emitir facturas, etcétera. De aquel lugar en su localidad natal de Roses, Ventamatic se tuvo que desplazar a un emplazamiento más grande y, después, directamente a Barcelona capital, en la que se emplazaría en una lonja más grande y luego en otra más grande aún. La empresa crecía, el número de empleados crecía, las ventas crecían y todo parecía marchar sobre ruedas.

Ventamatic importaba juegos de distintas desarrolladoras inglesas, pero también contrató a algunos programadores que creaban sólo para la empresa. Además, todos aquellos socios del club que aportaban en el fanzine, de vez en cuando generaban un videojuego y lo enviaban a Ventamatic para que se pusiera en circulación; Josep-Oriol, si aquello merecía la pena, lo editaba y lo distribuía como un título propio de la compañía.

Toda aquella vorágine y división de actividades provocaba que entre los juegos que salían a la calle hubiera maravillas ochobiteras hoy recordadas y auténticos bodrios infumables; juegos de calidad escritos en ensamblador y programas corriendo en BASIC sin compilar y con listados a la vista; genialidades de la programación y software muy precario. Un poco de todo. De aquellas épocas son títulos como ‘3D-Interceptor‘ (1984), ‘Autostopista galáctico‘ (1983), ‘El constructor‘ (1984), ‘El escalador loco‘ (1983) o ‘El submarino amarillo‘ (1985). Todos ellos ya en el momento fuerte del ZX Spectrum.

Juegos no vendía muchos, pues no era un gran distribuidora como otras de ese tiempo. Sin embargo, su gran baza fueron los programas de aplicaciones y utilidades, pues estos eran prácticamente inexistentes en los catálogos de otras empresas que sólo vendían software lúdico. Estos programas, además, se vendía por correo, ya que a las tiendas no les interesaba como línea de negocio, por lo que todo aquel que quisiera una ampliación así recurría sólo, prácticamente, a Josep-Oriol Tomas y a Ventamatic. Entre otros virtuosismos, podíamos encontrar programas como ‘Contabilidad Personal V:6‘ (1983), ‘Control de stocks‘ (1984), ‘Curso de astronomía‘ (1985), ‘Emisión / Recepción Morse‘ (1984), ‘Microdrive Random System‘ (1986) o ‘Context V-6‘ (1984). Este último era un editor de textos que conseguía meter 64 columnas de caracteres en cada línea del Spectrum (en lugar de 32); una novedad alucinante para la época.

Así las cosas, cuando el negocio de los microordenadores y del software español despegó de manera estratosférica a mediados de los ochenta, Ventamatic desapareció. Y es que como su propio creador confiesa en una entrevista estupenda que se le hizo hace bien poco para el gran podcast de El Mundo del Spectrum, su intención nunca fue forrarse y ganar dinero a espuertas, sino subsistir y poder vivir sin preocupaciones, además de pasárselo bien. Cuando las grandes del momento como la suprema ERBE o la todopoderosa Dinamic tomaron las riendas, los pequeños negocios con bajas aspiraciones y prácticamente familiares se fueron al traste. O jugabas en su terreno o no jugabas.

Interfaz Centronics I/F

Interfaz Centronics I/F

Ventamatic también fue de las pioneras en sacar revistas electrónicas en cinta para ZX Spectrum, unas publicaciones digitales que incluían juegos para cargar, concursos, artículos de software y hardware, etcétera. También, distribuyó con gran éxito el famoso lápiz óptico para ZX Spectrum con un software bastante potente, su archiconocida interfaz Centronics I/F, joysticks, teclados externos, la Sinclair ZX Printer y muchas otras curiosidades más.

Hoy día, Josep-Oriol Tomas está metido en mil y una contienda, siendo socio y fundador de varios negocios que tienen que ver las nuevas tecnologías y otros que no. Es un animal empresarial con todas las letras en mayúsculas, no en vano comenzó con dieciocho añitos. Sin embargo, para todos los nostálgicos de aquella época, él siempre será nuestro contacto en Ventamatic, aquella empresa que trajo las máquinas de Sinclair y nos las llenó de software mucho antes que otras que se llevan hoy la gloria.

Josep-Oriol Tomas en la actualidad

Josep-Oriol Tomas en la actualidad

Así pues, si bien los primeros juegos propios de Ventamatic están datados en el año 1983, año en el que ‘La Pulga‘ (el comercial de 1983) y ‘Fred‘ (1984) de Indescomp ya estaban en proceso de desarrollo o casi terminados, Tomas llevaba ya desde 1981 importando videojuegos de Inglaterra para ZX81, visitando ferias y mercadillos británicos y trayendo tecnología desde allí a nuestras tierras. Fue, sin duda, pionero en aquel sentido.

Os dejamos con un vídeo del gameplay de uno de los juegos más recordados de la empresa, el ya comentado ‘El submarino amarillo’, programado por Joan Domingo Ramírez. Quizá no el mejor, pero sí uno de entre los más carismáticos, al menos para mí.

El padre Busa, IBM y el Index Thomisticus

Busa con una tarjeta perforada

Busa con una tarjeta perforada

Curiosa historia la que traemos hoy aquí; una historia que mezcla religión, informática y lingüística a partes iguales, algo que en apariencia puede parecer inconexo pero que, en realidad, tiene más de enlace y de trabazón de lo que nos podemos imaginar. Y es que la Red de redes, tal y como hoy la conocemos, puede tener tanto que agradecer a un gigante computacional llamado IBM como a un sencillo cura italiano conocido como padre Busa. Increíble, pero cierto.

El día 28 de este mes en el que estamos (noviembre), pero del año 1913, nacía Roberto Busa en Vicenza (Italia). Fue el segundo de cinco hermanos y terminó entrando en el seminario en 1928 para ordenarse sacerdote en 1940 dentro de las filas de la Compañía de Jesús. Ya como jesuita, se graduó en Filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma en 1946, y fue catedrático de Ontología, Teodicea y Metodología Científica.

En el mismo año de su graduación (1946) y como historiador que era desde hacía ya tiempo de la obra de Santo Tomás de Aquino, se planteó un quehacer titánico: realizar un índice de todas y cada una de las obras del santo con el fin de generar un inmenso directorio de términos que enlazaran con la página y tomo donde se encontraban para facilitar el estudio de la obra del teólogo siciliano.

Demostración en IBM Bruselas (1967)

Demostración en IBM Bruselas (1967)

La intención era construir lo que dio en llamar Index Thomisticus (por Tomás). Nueve millones de palabras tenían la culpa; eso englobaba la extensa obra de Tomás de Aquino y algunos tomos anexos de autores muy relacionados que también lo habían estudiado profusamente. Cuando había reunido, tras tres años y de manera muy fatigosa y completamente a mano, un total de diez mil fichas, todas ellas dedicadas únicamente al inventario de la preposición «en» (que él consideraba fundamental desde el punto de vista filosófico), Roberto Busa se percató de que aquello se antojaba una labor faraónica y prácticamente imposible para su sola persona. Fue entonces cuando recurrió a IBM.

El padre Busa, pues, se presentó en 1949 en el estudio neoyorquino de Thomas John Watson, fundador y presidente de IBM a la sazón, y le ofreció una afanosa propuesta. Desde hacía ya unos años, IBM fabricaba una serie de equipos que propiciaban que las organizaciones procesaran cantidades de datos sin precedentes en el momento. A Busa se le había ocurrido que aquellas modernas y potentes máquinas podían ayudarle en su trabajo, pues seguramente eran más rápidas que él extrayendo términos, relacionándolos con los libros y las páginas donde se encontraban escritos y almacenándolos para futuras búsquedas.

En Milán con sus ficheros manuales

En Milán con sus ficheros manuales

Además, su obsesión por la lematización era enfermiza. Lematizar, por aclarar el término, consiste en obtener la forma de una palabra que se constituye en lema, dentro de un diccionario o repertorio léxico, a partir de todas sus formas flexionadas o alteradas. Esto es, por ejemplo, el lema «entrar» tiene decenas de flexiones: «entraré», «entrando», «entrado», «entremos»… Así pues, plurales, formas femeninas, conjugaciones, declinaciones y etcétera constituyen entradas de un índice que han de estar todas ellas relacionadas entre sí.

Y de esa forma, precisamente, es cómo funcionan hoy día los motores de búsqueda en Internet, como puede ser Google. Cualquier término que busquemos, y mediante un complejo algoritmo, nos devuelve resultados exactos y también parecidos, pues lematizan las entradas para asociarlas con sus raíces lingüísticas. Algo que hoy puede parecer una tontería y que la ejecutamos a golpe de simples clics, pero que para la época era una completa locura tecnológica.

Estand de IBM en la Expo de Bruselas (1958)

Estand de IBM en la Expo de Bruselas (1958)

Así las cosas, Thomas J. Watson, tras estudiar la propuesta del cura, le pareció de todo punto imposible, y dicen las malas lenguas que le contestó algo así como «no es posible pedirle a las máquinas lo que usted me está diciendo. Usted pretende ser más americano que nosotros». Aquello no le sentó muy bien a Busa y, recurriendo a una tarjeta de la empresa que le habían proporcionado, puso bajo los ojos de Watson el lema de la multinacional, acuñado por el propio presidente de IBM: «Lo difícil lo hacemos rápido, lo imposible nos lleva algo más de tiempo».

Se comenta que aquel gesto hizo recapacitar a Thomas J. Watson, y algo se le removió por dentro. Poco después le envió una misiva al padre Busa en la que se leía: «Está bien, padre, lo intentaremos. Pero con una condición: me debe prometer que no cambiará IBM, acrónimo de International Bussiness Machines, por International Busa Machines«. Menudo cachondeito gastaban por IBM, vaya.

Gallarate (Milán, 1960)

Gallarate (Milán, 1960)

Con aquel acuerdo comenzó un proyecto que duraría treinta años, ni más ni menos. Del encuentro de estas dos mentes creativas, escribió Stefano Lorenzetto en ‘L’Osservatore Romano’: «Nació el hipertexto, ese conjunto de información estructurada por conexiones dinámicas consultables en el ordenador con un clic». El término anglosajón hypertext sería acuñada por Ted Nelson en 1965, pero como fue documentado por Antonio Zoppetti, experto en lingüística e informática, quien «de verdad trabajó en el hipertexto, con al menos quince años de anticipo sobre Nelson, fue el propio padre Busa».

Presentación de los primeros resultados en IBM

Presentación de los primeros resultados en IBM

Según fue avanzando la tecnología y fueron pasando los años, los americanos consiguieron terminar aquella ingente obra técnica. Debemos tener en cuenta que, en su primera época, comenzaron con tarjetas perforadas (¡!). En la década de los setenta del siglo pasado, el Index Thomisticus ocupaba 56 volúmenes impresos; en el año 1989 apareció la primera versión en CD-ROM (posteriormente también en DVD); y en el año 2005 surgió en Internet la web con todo el contenido completo, en la que se puede ver todavía hoy el logotipo de IBM como empresa colaboradora, además del de la Fundación Tomás de Aquino, Cael y la Universidad de Navarra. En 2006 comenzó una nueva fase, un proyecto que pretende la notación sintáctica de todo el cuerpo de la obra de Santo Tomás de Aquino.

Roberto Busa falleció el 9 de agosto del año 2011.

Cómo descifraba Colossus los mensajes nazis en la Segunda Guerra Mundial

Colossus

Colossus

Es un poco difícil para el National Museum of Computing británico (en Bletchley) competir con el americano Computer History Museum (en Mountain View, California), y es que la historia de la informática ha sido escrita en gran medida por empresas estadounidenses. Sin embargo, el papel de Gran Bretaña en las primeras crónicas de la computación no fue del todo intrascendente, pues simbolizó una parte importante en el desarrollo de la tecnología (recordemos que Alan Turing era londinense).

La exposición estrella de este museo es una reconstrucción del Colossus, uno de los primeros dispositivos electrónicos (llámese computador) inventados por los británicos para leer las comunicaciones cifradas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. Colossus se considera el primer ordenador electrónico digital programable del mundo (se programaba mediante clavijas e interruptores), que utilizaba tubos de vacío en lugar de relés mecánicos.

Reconstrucción de Colossus

Reconstrucción de Colossus

Al igual que los ordenadores modernos, Colossus utilizaba el sistema binario y, como decimos, era más o menos programable; eso sí, exclusivamente para la limitada tarea de romper el Código Lorenz de la Alemania nazi. Pero, ¿cómo funcionaba exactamente?

El mensaje, cifrado por los nazis mediante un par de máquinas conocidas como Lorenz SZ40 y Lorenz SZ42, se leía a gran velocidad a través de una cinta de papel. Entonces, otro flujo de datos se generaba internamente, un flujo que era una simulación electrónica de la máquina de Lorenz con varias combinaciones. Si el número de coincidencias para una combinación era superior a una cierta cantidad, la salida era escrita en una máquina de escribir eléctrica. El Código Lorenz, a diferencia del utilizado en la máquina Enigma, se basaba en el sistema binario.

Colossus original

Colossus original

Cada carácter alfanumérico del mensaje cifrado que trasmitían los nazis se convertía en un número binario consistente en 5 bits (cinco ceros y unos) utilizando el Código de Baudot, un estándar del momento para la telegrafía. Por ejemplo, la letra A podría haberse trasmitido como 00011, la B como 11001, la C como otra combinación de ceros y unos; y así sucesivamente.

La máquina de Lorenz producía un patrón de conjuntos de 5 bits, aparentemente aleatorios, junto con un nuevo patrón que aparecía para cada letra trasmitida. Realmente no generaba patrones al azar, sino que seguía una secuencia basada en los ajustes de la máquina altamente difícil de descifrar.

Reconstrucción de Colossus

Reconstrucción de Colossus

Por cada una de las letras del mensaje, el aparato emparejaba o combinaba sus 5 bits con los 5 bits procedentes de la máquina de Lorenz mediante una operación lógica conocida como XOR («o» exclusivo), una disyunción exclusiva de dos operandos, muy común en el mundo de la electrónica y de la informática, que es verdad si sólo un operando es verdad, pero no ambos. El XOR trabajaba bit a bit, tomando el primer bit de la letra y la primera letra del código de Lorenz y combinándolos para producir un nuevo primer bit. Y así continuamente (ver gráfico siguiente).

Trasmisión y recepción (máquina Lorenz)

Trasmisión y recepción (máquina Lorenz)

La operación XOR realiza lo siguiente: si los bits son iguales (ya sean dos ceros o dos unos), la salida es 0; pero si los bits son diferentes (uno es 1 y el otro es 0), entonces su salida es 1. Una bonita propiedad de XOR es que si se usa dos veces con el mismo código de Lorenz, pero en sentido contrario, recuperamos la letra original, pues tanto la máquina emisora como la receptora deben tener la misma configuración y utilizar la misma secuencia para generar esa supuesta secuencia aleatoria.

Colossus tomaba como entrada el mensaje capturado a los nazis y, como hemos comentado antes, simulaba una máquina Lorenz internamente en diversos estados y con varias combinaciones. Cuando una combinación era más o menos coherente, la máquina la tomaba como buena e intentaba descifrar el mensaje, escribiéndolo. Era un método de fuerza bruta en toda regla.

Reconstrucción de Colossus

Reconstrucción de Colossus

Las computadoras Colossus originales fueron destruidas, junto con sus planos, por orden de Winston Churchill, quien pidió que se rompieran en pedazos «no más grandes que el puño de un hombre».

Mediante un minucioso trabajo de investigación con el objeto de revivir los planos y los recuerdos de aquellos que construyeron las máquinas, se consiguió reconstruir un Colossus, el que ahora se asienta en el museo de Bletchley y que vuelve a romper códigos una vez más.

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