Entradas de mayo de 2019
Los ‘walkie-talkies’ de nuestra primera comunión

Cuando allá por la década de los ochenta del siglo pasado llegaba una celebración importante para un niño, siempre teníamos en el cuerpo esa doble sensación de ilusión excitante y desesperanza nerviosa que traían aparejada los regalos que estábamos a punto de recibir: un bolígrafo de marca y un diario, pues vaya; una Game & Watch de ‘Donkey Kong’ y unos walkie-talkies Combat Communicators, ¡toma ya!
De los walkie-talkies de juguete que pulularon en tiendas de electrónica y bazares de aquella época, los Combat Communicators de Boxer eran a la transmisión de voz inalámbrica lo que el Casiotone de Casio a las primeras clases de piano sintetizado. El diseño de la caja, con ese amenazante robot de tamaño gigante inspirado en el universo de los Transformers de Hasbro sobre una trama ortogonal de líneas azules y fondo negro, era el anzuelo perfecto para los melopidos de aquel momento.
Y aunque el hecho de que fueran atractivos influía muy mucho en nuestro subconsciente, lo cierto es que los aparatos funcionaban un poco mejor que dos vasos de yogur con un hilo comunicante. Menos captarse el uno al otro eran capaces de sintonizar cualquier cosa: emisoras de taxi, señales de radio, camioneros buscando rutas alternativas a un atasco, interfonos y hasta transmisiones de la policía local o las ambulancias. Y, básicamente, la función que desempeñaron para los ociosos de los ochenta fue totalmente de espionaje lúdico infantil, porque entre ellos no se enviaba señal alguna ni a un metro de distancia.

Los Combat Communicators fueron diseñados y comercializados en 1982, por la británica Boxer, para niños de cinco o más años. Eran blancos y con forma de teléfono de teclas, con una antena telescópica, un interruptor de encendido y apagado y un par de botones de acción, uno para hablar y otro para enviar mensajes en morse, que era lo que más nos entretenía de pequeños. Tras conectar una pila de 9 voltios, que no venía incluida, se encendía el aparato poniendo el interruptor en la posición ON. El botón PUSH TO TALK permitía hablar, al apretarlo, y escuchar al soltarlo, por medio de dos rejillas transceptoras en la parte superior e inferior de los walkie-talkies. Funcionaban en la banda de 27 MHz.

El modo morse era el más divertido. La tecla CODE KEY hacía las veces de straight key telegráfico, y el aparato tenía serigrafiado en el frontal las claves del código para letras y números. El efecto era de un hipnótico corte y apertura de comunicación continua con un pitido de ultratumba, haciendo las veces de puntos y rayas, que permitía comunicarnos entre pares y, sobre todo, hacer el majadero y jugar con algo que, sinceramente, no entendíamos.

Sin duda alguna, fueron los walkie-talkies ochenteros por excelencia que terminaron siendo carne de cajón; y sus antenas —que se doblaban con la mirada y terminaban por romperse— acababan convirtiéndose en punteros físicos de la época para imitar a los hombres del tiempo, a los maestros de escuela o a los militares peliculeros mientras planeaban un ataque desde el aire señalando los objetivos en un mapa de cartón. Toda una época increíble, los ochenta.
Aquellas tardes con el Auto-cross de Congost

Si hubo dos regalos de culto en mi niñez que siempre recordaré con nostalgia extrema, aquellos fueron el Cinexín y el Auto-cross, juguetes con los que pasé horas y horas disfrutando —solo o en compañía— y de los que nunca me aburrí ni un único instante, quemando pilas a pares, día sí y día también. Del proyector amarillo a manivela hablaremos en otro momento, pues hoy toca hacer correr ríos de morriña a golpe de volantazo de Auto-cross.
En 1975, la compañía barcelonesa de juguetes Congost (fundada en 1963 por el ingeniero Lluís Congost i Horta) lanza al mercado Auto-cross, una suerte de circuito de habilidad de conducción automovilística que hizo las delicias de todos aquellos que éramos niños a finales de los setenta y principios de los ochenta. El juguete consistía en una carretera por la que debíamos dirigir un cochecillo de plástico mediante un cuadro de mandos que incluía una llave de arranque con dos posiciones (más batería y menos batería), un volante de control y un cambio de marchas de cuatro velocidades.

El mecanismo interno es tan simplón como ingenioso. Un pequeño imán montado sobre un brazo móvil que, a su vez, va unido a un mecanismo que gira continuamente en el mismo sentido, es el encargado de arrastrar el coche, el cual posee su propio imán en la parte inferior. Mediante un sistema de cadena y muelle, accionado por el volante, podemos acercar y alejar el imán de la base con respecto al centro del eje de rotación. De esta manera, y uniendo el giro del conjunto al movimiento de ida y venida sobre el radio de la circunferencia, disponemos de la capacidad de maniobra necesaria para dirigir el coche por las distintas bifurcaciones y pasos del circuito, pudiendo incluso saltar por encima de zonas ajardinadas.

Si el imán interior perdía el contacto con el imán del coche, éste dejaba de moverse y había que localizar de nuevo la posición correcta para comenzar un nuevo juego. Para ello, pulsando el botón central del volante, a modo de claxon, se iluminaba una flecha en el circuito que posicionaba el lugar exacto donde volver a ubicar el coche, así como el sentido de giro.

Auto-cross funcionaba con dos pilas de las más gordas (tipo D o LR20) de 1,5 voltios cada una que movían el eje tractor y el plato central del juguete. Estas pilas iban montadas tras una portezuela en la parte inferior, lugar que en versiones posteriores cambió a la zona del tablero de mando frontal. Dicen las malas lenguas (aunque yo nunca tuve la oportunidad de probarlo) que, si colocabas las pilas al revés, el coche giraba en dirección contraria.
El jugador disponía de la posibilidad de conducir el cochecito por cualquier lugar del circuito, improvisando rutas y acelerando o disminuyendo la velocidad en cualquier momento. Una velocidad excesiva podía provocar la pérdida del imán en una curva cerrada o contra un árbol, y en ello residía la destreza del jugador. Lo que no podía pasarse por alto era detenerse, haciendo uso del punto muerto, al pasar por la gasolinera. Había que repostar 🙂

Este primer Auto-cross de 1975 (referencia 1502 del fabricante) fue seguido por otras versiones que, si bien diseñaban estructuras y elementos más modernos o atractivos, disponían de un sistema de funcionamiento interno idéntico o muy similar. Así pues, en 1987 salió Auto-cross Turbo y 1989 Auto-cross TDR 16v., el segundo ya bajo la firma Mattel, compañía con la que había llegado a un acuerdo Congost para la distribución mutua de juguetes.
Hubo también un Moto-rallye, un Auto-cross Fórmula 1 y hasta un Auto-cross Spiderman, algunos de otras empresas, pero ninguno llegó a tener la esencia de aquel primer juguete de Congost.

