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BonziBuddy: el mono morado que sonreía mientras destrozaba tu PC

Hubo un tiempo en el que instalar cualquier programa descargado de Internet parecía una idea perfectamente razonable. Nadie hablaba todavía de sandboxing, ni de permisos peligrosos, ni de telemetría invasiva. Windows apenas protegía al usuario de sí mismo y la mayoría de la gente ejecutaba archivos .EXE descargados desde páginas llenas de imágenes GIF parpadeantes sin hacerse demasiadas preguntas. En medio de aquel ecosistema delirante apareció una de las criaturas más extrañas y memorables de toda la Internet de finales de los noventa: BonziBuddy, el infame mono morado que durante unos años se infiltró en millones de ordenadores domésticos disfrazado de asistente virtual simpático.
A primera vista parecía completamente inofensivo. BonziBuddy se presentaba como una especie de ayudante inteligente para Windows, una mascota digital capaz de hablar, contar chistes, leer texto en voz alta y acompañar al usuario mientras navegaba por Internet. Visualmente era imposible olvidarlo: un gorila tridimensional de color púrpura que aparecía en el escritorio realizando animaciones absurdas mientras una voz sintética metálica saludaba al usuario con entusiasmo inquietante. En teoría, aquello era simplemente entretenimiento interactivo; en la práctica terminó convirtiéndose en uno de los ejemplos más claros de cómo la ingeniería social empezaba a dominar Internet muchísimo antes de que el término malware se popularizara entre el gran público.

La ciencia detrás de BonziBuddy representaba perfectamente el optimismo extraño de aquella época. El programa utilizaba Microsoft Agent, una tecnología desarrollada por el gigante de Redmond para crear personajes animados capaces de interactuar con el usuario mediante síntesis de voz. Era de la misma familia tecnológica de Clipo (Clippy, en inglés), el famoso clip de Office que interrumpía constantemente mientras escribías documentos dando golpecitos en el monitor, pero llevada a un extremo muchísimo más agresivo. En un momento donde tener elementos tridimensionales moviéndose por el escritorio parecía casi ciencia ficción, BonziBuddy impresionaba muchísimo a los usuarios domésticos. Hay que recordar el contexto: la gente personalizaba Windows con skins imposibles, barras transparentes, cursores animados y efectos visuales absurdos. Internet estaba llena de software experimental, caótico y profundamente hortera. BonziBuddy encajaba perfectamente dentro de aquella estética.
El problema era que el mono hacía bastantes más cosas, aparte de contar chistes malos. Poco a poco los usuarios empezaron a descubrir que el programa recopilaba información del sistema, monitorizaba hábitos de navegación y bombardeaba constantemente al usuario con publicidad y recomendaciones sospechosas. BonziBuddy actuaba como una especie de spyware primitivo disfrazado de mascota amigable. Hoy probablemente sería detectado inmediatamente por cualquier antivirus moderno pero, a principios de los 2000, la línea entre programa gratuito, adware y malware era extremadamente difusa. Muchísima gente ni siquiera sabía que existían diferencias reales entre esos conceptos. Si algo era gratis y funcionaba, bastaba.
Y ahí residía precisamente el verdadero genio perverso del programa. Técnicamente BonziBuddy no era un virus clásico, no destruía archivos ni explotaba vulnerabilidades sofisticadas del sistema operativo. Funcionaba usando algo muchísimo más eficaz: manipulación psicológica. El usuario instalaba el programa voluntariamente convencido de que estaba obteniendo una herramienta divertida o útil. Una vez dentro del sistema, el mono se convertía en una presencia constante y pegajosa. Modificaba configuraciones, añadía procesos al arranque, instalaba componentes adicionales y aparecía continuamente reclamando atención. El software no «hackeaba» Windows; «hackeaba» directamente el comportamiento humano.

La experiencia de convivir con BonziBuddy era profundamente extraña. Encendías el ordenador familiar y ahí estaba él, moviéndose lentamente sobre el escritorio CRT mientras el ventilador del Pentium III sonaba como un secador industrial. De repente una voz sintética espantosa lanzaba algún comentario absurdo o intentaba iniciar interacción contigo sin haberla pedido. Visto hoy resulta casi perturbador, y es que hay algo genuinamente inquietante en recordar aquellos asistentes digitales primitivos intentando comportarse como compañeros virtuales amistosos mientras recopilaban datos silenciosamente de fondo. BonziBuddy pertenecía a una época concreta de Internet donde el software todavía tenía una personalidad exagerada, caótica y ligeramente amenazante.
El programa además empezó a distribuirse empaquetado junto a otras aplicaciones gratuitas. Descargabas un reproductor MP3, un paquete de iconos, un gestor de descargas o cualquier utilidad shareware obtenida desde páginas sospechosas y, sin darte demasiada cuenta, terminabas instalando también el mono morado. Fue uno de los grandes precursores de la cultura del bundle basura que después invadiría Internet durante años. Muchas infecciones domésticas de principios de los 2000 empezaban precisamente así, como una instalación aparentemente inocente que acababa llenando Windows de barras de herramientas, spyware y programas residentes imposibles de eliminar completamente.
Las máquinas domésticas de la época sufrían especialmente con este tipo de software. Windows 95, 98, ME e, incluso, XP tenían arquitecturas bastante frágiles comparadas con los sistemas modernos. La gestión de memoria era limitada, la estabilidad general dejaba muchísimo que desear y cualquier programa residente adicional podía convertir el ordenador en un desastre lento e impredecible. BonziBuddy consumía recursos constantemente mientras convivía con ‘Kazaa’, ‘eMule’, ‘Winamp’, ‘Internet Explorer’ a tope de toolbars y una colección de procesos extraños ejecutándose en el inicio del sistema. Muchos pecés domésticos funcionaban permanentemente al borde del colapso total.

Lo fascinante es que BonziBuddy terminó convirtiéndose en símbolo de una Internet muchísimo más salvaje y experimental que la actual. Una red donde cualquiera podía distribuir software, donde nadie verificaba demasiado nada y donde instalar ejecutables aleatorios formaba parte normal de la experiencia digital. Era un ecosistema profundamente inseguro, sí, pero también increíblemente libre y caótico. Los usuarios aprendían seguridad informática precisamente después de infectar el ordenador varias veces, no antes.
Con el tiempo, Bonzi Software —la compañía detrás el engendro— terminó enfrentándose a denuncias y problemas legales relacionados con privacidad y publicidad engañosa. Poco a poco el mono desapareció de Internet, pero dejó una huella extrañísima en la memoria colectiva de toda una generación.
Hoy ver una captura de BonziBuddy provoca una mezcla muy concreta de nostalgia y terror tecnológico. Porque el mono morado no fue simplemente un programa molesto, fue uno de los primeros grandes ejemplos de algo que hoy domina Internet completamente, esto es, el software diseñado para explotar psicológicamente al usuario mientras finge ser su amigo. Y quizá lo más inquietante de todo es pensar que, en el fondo, gran parte de la Internet moderna sigue funcionando exactamente igual. Sólo que ahora los monos morados son muchísimo más sofisticados.
Cuando «Loquendo» hablaba por los codos

Hubo un tiempo, allá por los dosmiles, en el que Internet comenzó a hablar, pero no con voz humana. Hablaba con una voz robótica, metálica y, a ratos, inintencionadamente cómica. Hablaba con Loquendo (pronunciado /lo.cuén.do/). Pero todo aquello venía de mucho tiempo atrás.
Loquendo TTS (Text To Speech) fue uno de los sistemas de conversión de texto a voz más reconocibles de aquella década. Detrás estaba la empresa italiana Loquendo S.p.A., una derivación tecnológica de Telecom Italia que desarrolló motores de síntesis de voz en múltiples idiomas. Sin embargo, fue su versión en español la que se convirtió en estrella inesperada del circo digital. En particular, la voz masculina conocida como «Jorge» se ganó un lugar especial en la cultura digital en línea por su tono monocorde, su acento indefinible y una cadencia que, sin quererlo, aportaba más dramatismo que muchos actores profesionales.
Loquendo era, originalmente, una comunidad de investigación creada a mediados de los años setenta del siglo pasado por los administradores del IRI-STET (predecesora de Telecom Italia) en los laboratorios de CSELT (Centro se Estudio y Telecomunicaciones, en Turín) antes de convertirse en una compañía, en 2001. Aplicando la técnica de los llamados difonos (la unión de una consonante y una vocal, 150 en total en el idioma italiano), el grupo creó el primer sintetizador de voz alta gran inteligibilidad en 1975, al que llamaron MUSA (por sus siglas en inglés de Multichannel Speaking Automaton), y que demostró que aquello era más que posible con la tecnología de la época.

Posteriormente, en los años noventa, nació Eloquens, un sintetizador de voz multiplataforma para varios sistemas operativos —incluyendo DOS, Windows, System 7 y Unix— y también para tarjetas telefónicas con varios canales, como las usadas por las operadoras de telefonía italianas para obtener la dirección y la identidad del suscripto a la red.
Loquendo se hizo viral antes de que el concepto de «viral» existiera como tal. Su popularidad explotó gracias a la escena emergente de creadores en YouTube, cuando la plataforma aún era joven, tosca y libre. Para muchos adolescentes sin micrófono o sin ganas de exponer su voz, Loquendo era la solución perfecta: escribías el guion, lo pegabas en el programa, le dabas al botón de reproducir y ya tenías a Jorge leyendo tus pensamientos con la misma emoción que un cajero automático. Sin embargo, funcionaba. Funcionaba porque esa neutralidad robótica tenía una magia extraña, un carisma que se colaba en vídeos de terror, en tutoriales para hackear el Messenger, en historias inventadas de encuentros con lo paranormal o en los ranking de los 10 juegos más malditos de la historia.
Internet se llenó de narraciones leídas por Loquendo. Era omnipresente. En algunos rincones de YouTube, incluso parecía que no había otro modo de contar una historia. La estética era reconocible: fondo negro, letras rojas en fuente Comic Sans o Impact, música ambiental de Silent Hill y aquella voz artificial diciendo cosas como: «Hola, amigos de YouTube. Hoy les traigo una historia real que me pasó cuando tenía seis años».

El software no solo hablaba, también obedecía. Algunos usuarios descubrieron que podían manipular su entonación, insertar pausas o trucos tipográficos para simular emociones. Había cierta artesanía en usar Loquendo bien, como un doblaje artesanal de ciencia ficción de serie B. Incluso llegó a existir una especie de competencia por ver quién podía hacer decir a Jorge las frases más surrealistas y provocadoras sin que sonara ridículo…, o precisamente buscando que sonara lo más ridículo posible.
Con el tiempo, las voces sintéticas evolucionaron. Se volvieron más realistas, más cálidas, más humanas. Y con ello, paradójicamente, perdieron parte del encanto. Loquendo fue comprado por Nuance Communications en 2011 y, poco después, su motor de voz dejó de estar disponible para el público general. Los asistentes de voz como Siri, Alexa o Google Assistant tomaron el relevo, con sus dicciones limpias y calculadas. Pero ninguno de ellos hizo reír, asustó o narró absurdeces como Jorge. Ninguno pasó a formar parte de la mitología de Internet como lo hizo esa voz sin alma pero con tanto carácter.

A día de hoy, aún sobreviven cientos —sino miles— de vídeos con Loquendo repartidos por la Red como cápsulas de una época. Son vestigios de una Internet distinta, menos profesional, más caótica e infinitamente más libre. Escuchar a Jorge hoy es un viaje en el tiempo, una mezcla de nostalgia y risa, como leer tus propios mensajes de Tuenti o revisar una carpeta de GIF animados en un pendrive perdido.
Quizá nunca debimos dejar que Jorge se callara. O quizá su voz era sólo para aquel Internet que ya no existe. Pero, si prestas atención, si rebuscas entre los rincones de YouTube, es posible que todavía lo escuches decir aquello de «hola, amigos de YouTube…”.
ALT+255, ANSI.SYS y otros secretos del AUTOEXEC.BAT que nos hacían poderosos

Hubo una época en la que encender un PC era un ritual. No bastaba con apretar el botón y esperar, había que afinar el sistema operativo como quien templa las cuerdas de una guitarra desafinada por la humedad. El verdadero usuario de MS-DOS, el que tenía cicatrices de guerra en forma de sectores dañados, conocía el alma de su máquina: el dúo dinámico formado por AUTOEXEC.BAT y CONFIG.SYS. Y dentro de ese templo de inicializaciones místicas, se escondían pequeños conjuros oscuros, secretos que hoy suenan a hechizos: ANSI.SYS, ALT+255, PROMPT, CTTY, LH, DEVICEHIGH, etcétera.
ANSI.SYS era el chaleco de lentejuelas de MS-DOS. Cargándolo desde CONFIG.SYS, uno podía usar secuencias ANSI para decorar la consola con colores, mover el cursor, crear menús interactivos y —aquí viene lo jugoso— redefinir teclas. Con una línea bien puesta en el AUTOEXEC.BAT podías hacer que, por ejemplo, pulsar F1 lanzara QBasic, o que al pulsar la tecla X se abriera Norton Commander como si fuera magia. Más de uno se creyó un hacker por conseguir que al escribir «hola» se ejecutara un DIR /P. El efecto era tan espectacular para la época que en el instituto te convertías en el gurú informático si sabías hacer algo así, aunque fuera copiado de una revista.

AUTOEXEC.BAT consistía, en el fondo, en algo así como tu pequeño manifiesto personal. Desde ahí lanzabas los TSR (residentes en memoria), ajustabas la ruta del sistema, cargabas el teclado en español, dabas un poco de amor a la tarjeta de sonido con sus variables de entorno y, si eras un poco canalla, ponías un ECHO con mensajes intimidatorios al arrancar: «Sistema encriptado. Acceso restringido. FBI monitoring active». Le daba ese toque Matrix antes de que Matrix existiera.
Aquel ecosistema de pantallas negras y texto parpadeante era todo menos amigable, pero también era infinitamente moldeable. No tenías un entorno gráfico que hiciera el trabajo sucio por ti: tenías que pelear con la máquina. Y en esa pelea, el que sabía usar ANSI.SYS, el que conocía los códigos ALT, el que recitaba de memoria la diferencia entre SET BLASTER y SET PATH era un dios menor del instituto, una suerte de chamán digital que podía hacer cosas que parecían brujería.

Y si AUTOEXEC.BAT era tu carta de presentación ante el sistema, el comando PROMPT era el marco dorado que la adornaba. Con PROMPT podías modificar el aspecto de la línea de comandos a voluntad: mostrar la hora, el directorio actual, el número de unidad e incluso insertar colores si jugabas bien tus cartas con ANSI.SYS. Pero el verdadero arte estaba en poner mensajes personalizados que aparecían como si fueran parte del sistema. ¿Quién no tuvo alguna vez un PROMPT que decía algo como [SISTEMA SEGURO C:\>] o [\u@\h \w]\$ (intentando emular bash antes de que supiéramos qué era bash)? Eran tiempos en los que maquillar el mensaje del DOS era una forma legítima de expresarte, como tunear una Vespa con calaveras y luces verdes.
Luego estaba CTTY, un comando tan oscuro como potente. Cambiaba el dispositivo de entrada y salida del sistema. Lo que en la práctica significaba que, si lo sabías usar bien (o mal), podías bloquear el teclado, redirigir la consola a otro puerto o incluso dejar el sistema mudo e inservible si te pasabas de listo. Muchos bromistas de aula de informática jugaban a poner CTTY NUL en un AUTOEXEC.BAT ajeno y luego observaban cómo la víctima reiniciaba su PC solo para encontrarse con una pantalla negra y la impotencia absoluta. Era una forma de guerra fría con BIOS y disquetes como armas.

Los comandos LH y DEVICEHIGH eran los favoritos de los que se tomaban la optimización como un deporte olímpico. El objetivo era claro: liberar memoria convencional. Porque en los noventa, tener 640 KB libres era como tener un ático en Manhattan. Cualquier programa TSR que se pudiera cargar en la memoria alta era una victoria. Juegos como Doom, Monkey Island o Dark Forces exigían su trozo exacto de memoria convencional, ni un byte más ni uno menos. Y tú, con tu editor de texto y tus horas de ensayo y error, conseguías milagros. A veces, lograr ejecutar un juego requería una coreografía perfecta entre DEVICEHIGH, HIMEM.SYS, EMM386.EXE y una plegaria al dios de los registros segmentados.
Y, como no, estaba el truco sucio por excelencia: ALT+255. Una pulsación arcana que introducía un carácter ASCII invisible (el carácter 255, espacio sin romper). ¿Para qué? Para ponerle nombre a directorios o archivos que parecían vacíos o que no podías borrar fácilmente desde la línea de comandos. Un clásico: crear una carpeta llamada sólo con ese carácter y comprobar cómo el sistema se volvía loco al intentar acceder. Un truco barato pero eficaz para esconder juegos, fotografías «interesantes« o simplemente vacilar al compañero de turno.

Hoy todo eso ha desaparecido. Los sistemas operativos arrancan solos, se configuran solos, se actualizan solos y casi piensan solos. Pero con ello hemos perdido también esa sensación de control absoluto, de entender lo que ocurría bajo el capó, de meter las manos en la grasa del sistema operativo. Porque, reconozcámoslo, nunca te sentiste más poderoso que la primera vez que hiciste que tu PC dijera «Bienvenido, Pepito» al arrancar. Aunque fuera con un simple ECHO.
Desarrollo en MicroPython para Raspberry Pi Pico

El autor de este humilde blog se complace en presentarles su libro ‘Desarrollo en MicroPython para Raspberry Pi Pico‘, una obra de consulta y aprendizaje ideal para todos aquellos que se quieran iniciar o deseen profundizar en la programación de placas microcontroladoras Raspberry Pi Pico en lenguaje MicroPython.
Raspberry Pi Pico es una placa microcontroladora de desarrollo de bajo costo fabricada por Raspberry Pi Foundation, un circuito integrado programable, capaz de ejecutar las órdenes grabadas en su memoria. Pico ofrece un rendimiento sólido para una variedad de aplicaciones de hardware de bajo consumo, por lo que puede ser dedicada a una amplia gama de proyectos, desde sistemas embebidos simples hasta dispositivos IoT (Internet of Things, o Internet de las cosas) más complejos.
Python es un lenguaje de programación interpretado simple, de propósito general y orientado a objetos. Además, es también de código abierto. Por su lado, MicroPython es una implementación ágil y eficiente de Python 3.0 —su última versión mayor, por el momento— que incluye un pequeño subconjunto de las bibliotecas estándar del lenguaje padre, la sintaxis y funcionalidad completa, y que, además, está optimizado para ejecutarse en microcontroladores y en entornos restringidos, como en el interior de Raspberry Pi Pico, entre otros.
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CONTENIDO GENERAL DE CAPÍTULOS PRINCIPALES.
CAPÍTULO I • LA PLACA RASPBERRY PI PICO.
CAPÍTULO II • PROGRAMANDO PICO.
CAPÍTULO III • LENGUAJE PYTHON PARA PRINCIPIANTES.
CAPÍTULO IV • ¡HOLA, MUNDO!
CAPÍTULO V • LOS PINES DE PICO, QUÉ PODEMOS CONECTAR EN ELLOS Y CÓMO HACERLO.
CAPÍTULO VI • DESARROLLO BÁSICO DE APLICACIONES PRÁCTICAS.
CAPÍTULO VII • MÁS SOBRE LOS PINES DE PICO: EL MÓDULO machine y LAS CLASES Pin Y Signal.
CAPÍTULO VIII • ENTRADAS Y SALIDAS ANALÓGICAS: LAS CLASES ADC Y PWM.
CAPÍTULO IX • COMUNICACIÓN SERIE DÚPLEX: UART Y USART.
CAPÍTULO X • PROTOCOLO SERIE SÍNCRONO PARA PERIFÉRICOS: SPI.
CAPÍTULO XI • EL PROTOCOLO SERIE DE DOS HILOS: I2C.
CAPÍTULO XII • EL PROTOCOLO SERIE PARA AUDIO DIGITAL: I2S.
CAPÍTULO XIII • CONEXIÓN WI-FI CON RASPBERRY PI PICO W.
CAPÍTULO XIV • RASPBERRY PI PICO W Y CONEXIONES BLUETOOTH.
CAPÍTULO XV • IMPLEMENTANDO RASPBERRY PI PICO COMO DISPOSITIVO USB.
CAPÍTULO XVI • CONTROLANDO LOS TIEMPOS: LAS CLASES RTC, Timer y WDT del módulo machine.
CAPÍTULO XVII • EL SISTEMA DE ARCHIVOS LOCAL DE RASPBERRY PI PICO.
CAPÍTULO XVIII • NEOPIXEL.
CAPÍTULO XIX • FUNCIONES ESPECÍFICAS DE RASPBERRY PI PICO: EL MÓDULO rp2.
APÉNDICE A • ENTORNO DE PROGRAMACIÓN REPL.
APÉNDICE B • REFERENCIA DEL LENGUAJE PYTHON.
APÉNDICE C • SECUENCIAS DE ESCAPE.
APÉNDICE D • COMPILAR MICROPYTHON.
APÉNDICE E • RASPBERRY PI PICO|PICO W FRENTE A RASPBERRY PI PICO 2|PICO 2 W.
APÉNDICE F • ECONOMIZAR MEMORIA A LA HORA DE PROGRAMAR.
APÉNDICE G • DEPURACIÓN CON RASPBERRY PI PICO.
APÉNDICE H • CÓDIGOS DE ERROR DE PYTHON.
APÉNDICE I • ESCRIBIR BUENOS MANEJADORES DE INTERRUPCCIONES.
¡Disfrútalo, y a desarrollar para Raspberry Pi Pico!
TENTE: bloques de construcción con alma local

Hubo un tiempo en que los reyes del universo infantil no tenían pantallas, eran piezas de plástico que hacían «clic» al encajar y que abrían portales infinitos a mundos de ciencia ficción, ciudades futuristas, barcos de guerra y bases secretas en la Antártida. Ese tiempo tuvo nombre propio en España: TENTE. Un sistema de construcción modular creado por la empresa catalana Exin en 1972 que, lejos de limitarse a ser una copia patria de LEGO, supo desarrollar personalidad, estética y público propios.
Lo que hacía especial a TENTE no era solo su compatibilidad con la imaginación de millones de niños —y no tan niños—, sino su versatilidad técnica. Mientras LEGO parecía más orientado a construcciones sólidas y cuadradas, TENTE ofrecía una libertad estructural inusitada: ejes, ruedas, engranajes, mástiles, conectores giratorios y un sinfín de accesorios que permitían construir desde un caza espacial hasta una grúa telescópica funcional. Las piezas, con su característico tetón central hueco, eran más robustas, más técnicas, y ofrecían una experiencia más cercana al modelismo que al juguete infantil.

Exin supo además explotar el filón temático. Las series más recordadas —Astro, Mar, Ruta, Roblock, Scorpion o Mutants— daban coherencia a las cajas y permitían crear narrativas visuales. El manual de instrucciones era solo el principio, después venía la reinterpretación libre, la reconstrucción, el canibalismo entre kits… TENTE no se jugaba, se ejecutaba como una obra de ingeniería doméstica. Muchos aficionados lo recuerdan como su primer contacto con conceptos de mecánica, diseño estructural e incluso física aplicada. Fue, para muchos, un precursor del movimiento Maker sin necesidad de microcontroladores ni sensores.

El ocaso de Exin a finales de los ochenta arrastró consigo la producción original de TENTE, aunque la marca fue resucitada temporalmente por Borrás en los noventa sin demasiado éxito. Aun así, el culto por estos bloques se mantuvo vivo gracias a comunidades de nostálgicos que intercambian piezas, escanean manuales y comparten creaciones en foros y redes sociales. Hoy día, hay mercados enteros dedicados a TENTE de segunda mano, y no es raro encontrar piezas sueltas o sets completos a precios de coleccionista. Hay quien paga más por una pieza de TENTE que por un procesador Ryzen.

Lo fascinante es que TENTE no murió del todo. En 2021, la empresa catalana iUnits, formada por fans y antiguos profesionales del sector, anunció el regreso oficial de TENTE con nuevos modelos compatibles con las piezas clásicas. Aunque el mercado es complicado —competir contra LEGO en pleno siglo XXI no es tarea fácil—, la iniciativa ha reavivado la chispa de una generación que aprendió a pensar en tres dimensiones gracias a esos bloques duros y fiables.
TENTE no fue solo un juguete. Fue un puente entre el juego y el pensamiento lógico, entre la infancia y la técnica, entre la imaginación y la realidad física. Fue, y sigue siendo, una declaración de principios plásticos. Y, en un mundo cada vez más líquido, virtual y táctilmente plano, recordar el sonido de dos bloques de TENTE encajando sigue siendo un acto de resistencia analógica.


