Nevada-tan

Cosplay macabro de Nevada-tan
Sin embargo, existe una segunda mitad más dura si cabe. Aquella que se refiere al posterior encumbramiento e idolatría de un acto aberrante utilizando como vía de difusión la Red de redes. Personas que, bajo la supuesta impunidad de la falsa privacidad que ofrece Internet, sacan a flor de piel sus sentimientos más viles y mezquinos, sentimientos que existen desde siempre y seguirán existiendo para siempre, pero que en la vida real son cobardemente encubiertos, y dentro de las redes de comunicaciones se magnifican y ensalzan.
Año 2004. Escuela elemental Okubo de Sasebo, prefectura de Nagasaki (Japón); una escuela como otra cualquiera en la que los niños juegan y aprenden a ser mayores de provecho. Una pequeña de 11 años destaca sobre las demás. Se llama Natsumi Tsuji (o eso se supone) y es una estudiante modelo, saca unas notas estupendas, le gusta mucho el baloncesto, el cine y se le aprecia una especial cualidad para moverse por Internet. Dicen algunas lenguas que tiene un cociente intelectual de 140, pero lejos de conjeturas se la considera una niña sana y alegre.
Natsumi tiene una amiga íntima de doce años llamada Satomi Mitarai, son uña y carne y disfrutan de una amistad envidiable compartiendo juegos y estudios. Sin embargo, un buen día, la tensión aparece entre las jóvenes; una estúpida discusión sobre el ridículo asunto de la popularidad entre sus compañeros y compañeras desata la enemistad entre ambas. La pubertad es realmente absurda, pero resulta hasta entrañable cuando nos percatamos de que la adolescencia eleva la imbecilidad a la enésima potencia.

Natsumi Tsuji (izquierda) y Satomi Mitarai (derecha)
Por aquel entonces, Natsumi Tsuji ya había comenzado a interesarse por el cine y el cómic japonés de carácter violento, habiendo sido la obra más reveladora para ella la película ‘Battle Royale‘, un film nipón, considerado de culto, y que relata una situación insostenible de violencia juvenil en Japón que obliga al gobierno a encerrar en una isla anualmente a un grupo de alumnos de instituto que deben matarse entre ellos para sobrevivir. Otra de sus películas favoritas era ‘Voice‘, otra japonesa que narra la historia de una joven que se vuelve loca y se convierte en una asesina.
La niña fue desatendiendo cada vez más sus estudios y encerrándose en sí misma. Diseñó una página web exclusivamente dedicada al mundo del terror, la violencia extrema y el guro, un género japonés que anda a medias aguas entre el hentai pornográfico más violento y el gore más desagradable de mutilaciones, sangre y escatología. Vamos, lo normal en una niña de once años.

Dibujo de la película 'Battle Royale' y posiblemente aparecido en la web de la niña
La gota que colmó el vaso fue un comentario en su web en la que la compañera y antigua amiga de Natsumi la llamaba gorda. Una preadolescente con la cabeza bien amueblada probablemente habría obviado el asunto, pero Tsuji fue creando una coraza en torno a sí. Ya no salía prácticamente de casa, e Internet era su único refugio social. Su madre la obligó a dejar el baloncesto, que tanto le gustaba, para que dedicara su tiempo íntegramente a estudiar, ya que su rendimiento académico había caído estrepitosamente. Volvería, posteriormente, a jugar a baloncesto y, a su vez, lo volvería a dejar. Se encontraba ya totalmente descolocada y marginada.
El día 1 de junio de ese año 2004, Natsumi Tsuji llevó a su compañera Satomi Mitarai a un aula vacía. Le vendó los ojos con la persuasión de un juego de niñas y allí, sin mediar palabra y a sangre fría, degolló a la niña con un cúter y le asesto, además, diversas cuchilladas en los brazos. Posteriormente, con la ropa y las manos ensangrentadas, volvió a clase como si nada hubiera pasado. Su profesor, al verla cubierta de sangre y con la cuchilla en la mano, dio la voz de alarma y enseguida descubrió la terrible catástrofe.
La policía detuvo a la niña asesina, mientras que de su boca lo único que se pudo escuchar fue un escalofriante «lo siento, lo siento mucho». Era tarde, los servicios médicos sólo pudieron certificar la muerte de Satomi. Un alma de doce años que se fue sin haber vivido lo suficiente. Lo grave es que semanas antes, la niña ya había protagonizado algún que otro episodio violento, llegando incluso en una ocasión a amenazar a un compañero con un cuchillo. Nadie supo (o quiso) ver nada; ni padres, ni profesores.
Pasó la noche en la comisaría de policía, llorando a menudo, y se negó a comer cualquier cosa. Inicialmente no mencionó motivo alguno que justificara su acto, pero poco después confesó a los agentes que había matado a Satomi Mitarai como resultado de los mensajes que en Internet la otra muchacha había colgado sobre ella, calumniándola con comentarios sobre su peso y llamándola «mosquita muerta».
La pequeña homicida fue enjuiciada el 15 de septiembre de 2004, encontrada culpable de asesinato en primer grado y condenada a nueve años de internamiento en el reformatorio de la prefectura de Tochigi. El gobierno japonés es muy estricto con la privacidad de los crímenes cometidos por menores, por lo que prohibió en todo momento a los medios de comunicación que se difundiera el nombre de la pequeña. Por ello, en los noticieros de medio mundo se comenzó a denominar «Chica A» a la muchacha. Sin embargo, un presentador de noticias de la cadena Fuji TV, con posterioridad, no se sabe si por descuido o intencionadamente, parece que reveló su verdadero nombre, aunque todo esto tiene bastante de leyenda urbana, de ahí que al comienzo de este post escribiera que «se supone» que ese es su verdadero nombre.
En este momento es cuando comienza la segunda parte de esta historia macabra, la que nos lleva a la difusión cuasi heroica de la figura de la niña. Y es que al poco de la trágica noticia se publicó la fotografía que se puede ver a continuación. En ella aparecen Natsumi (la asesina) a la izquierda y Satomi (la asesinada) a la derecha, ambas identificadas con una flecha roja. En esta foto la niña lleva una sudadera azul en la que se puede identificar perfectamente la palabra «NEVADA» (de la Universidad del mismo nombre, en Reno) en letras blancas. Al instante comenzó el mito de Nevada-tan, lo que en japonés viene a significar algo así como «la pequeña Nevada», haciendo alusión a la inscripción de su vestimenta. En otros lugares también se la ha conocido como Nevada-chan, que es un diminutivo nipón del nombre anterior.

Clase de Nevada-tan (2004)
Nevada-tan tenía los ingredientes perfectos para convertirse en mito para multitud de individuos en la Red. Una niña de once años, colegiala, japonesa, violenta y asesina; ¿qué más quieren los amantes del manga y el anime japonés de carácter hentai, ecchi y guro? Los otakus más pervertidos y asociales tenían a su heroína en bandeja.
La figura de Nevada-tan comenzó a hacerse popular, y foros japoneses tipo imageboard como 2chan (seguido posteriormente, como no, por 4chan) fueron los primeros en engendrar un Internet meme que daría la vuelta al mundo, persistiendo hasta nuestros días. La chiquilla fue elevada hasta una categoría de poco menos que semidiosa y se convirtió en un icono macabro de adolescentes enfermos y mezquinos. Las sudaderas de la tienda web de la Universidad de Nevada se agotaron en días, surgieron dibujos y representaciones del suceso a cada cual más siniestro, los cosplay con su imagen se pusieron de moda (como el de la fotografía que encabeza esta entrada), surgieron multitud de fanfics y fanarts del asesinato, fotografías de la niña (no se sabe si reales o no, aunque la Oficina de Asuntos Legales del Distrito de Nagasaki advirtió muy en serio a la comunidad internauta sobre este asunto) y material de todo tipo. Un grupo alemán de música llamado Pan!k cambio su nombre por el de Nevada Tan (aludiendo a este meme), y hasta el grupo australiano Love Outside Andromeda dedicó el tema «Boxcutter, Baby» a la niña. Todo un derroche de creatividad justificado por un cruel asesinato.
Mención de honor especial al grupo de música Fecal Matter Discorporated, que dedica una canción y un disco entero, según ellos mismos, «a ella y a todas las pequeñas japonesas que asesinen gente». En fin.

Dibujos de fans y fotos atribuidas a Nevada-tan
Inlcuso un himno o especie de canción apareció en Internet, desde el lejano oriente, con esta letra sin desperdicio:
Esa chica con tanta rabia,
la chica del aula de estudio.
Mira aquí, Neva.
Hay algo especial en tu cúter¡NE-VA-DA!
Por favor, por favor, no me hagas daño.
Me vas a apuñalar en el cuello.
¡No, no, no! ¡No me mates!¡NE-VA-DA!
Esa chica se ha vuelto muy popular.
Esa chica con su rayo especial de «buenos días».
Mira aquí, Neva.
Hay algo especial en tu cúter¡NE-VA-DA!
¡Por favor, por favor, no me rajes!
Mi roja sangre se esparcirá por todas partes.
¡No, no, no! ¡No me mates!¡NE-VA-DA!
Nevada-tan pasó de ser una niña asesina a convertirse en la personificación de una rebeldía alternativa y violenta ansiada por un amplio grupo de los jóvenes de parte del planeta. Y yo me pregunto, ¿alguien pensó en algún momento en la joven asesinada y en su familia? ¿Algún dibujante, mientras estampaba con afán de admiración a la pequeña Nevada en sus dibujos, pensaba en que había asesinado a sangre fría a una niña de doce años? ¿Qué necesitaban expresar los jóvenes japoneses que se disfrazaban de Nevada-tan que tanta rabia les causara como para olvidar el crimen de una cría inocente?
Natsumi Tsuji no es ninguna figura a la que haya que encumbrar, sino todo lo contrario. Representa un monumental fracaso en el sistema educativo, y así se le hizo llegar desde algunos frentes al gobierno japonés de aquella época. Nevada-tan era una niña que destilaba violencia, y eso es algo que sus padres y sus profesores no supieron ver a tiempo. Si un menor se pasa horas con la nariz pegada a Internet, dibujando representaciones de carácter agresivo y visionando películas de violencia extrema, algo no funciona bien. No sé lo que pensaran los lectores, pero yo he visto ‘Battle Royale’ y desde luego que no es una película que permitiría que un hijo mío de 11 años pudiera ver.
Por supuesto que, desde teknoPLOF!, defenderemos siempre la libertad de expresión y la ausencia de censura en Internet, y sabemos que el problema no es la Red, sino las personas o, en este caso, la educación familiar de las personas. El mundo siempre ha sido igual, Internet sólo ha codificado en HTML la cruda realidad.
En 2010 Nevada-tan cumple dieciocho años y todavía le quedan un par de ellos más o tres para salir de la cárcel. Se dice y se habla mucho sobre ella y de lo que será de ella cuando salga a la calle. Yo sólo espero que una buena batería de psicólogos la hayan tratado en su tiempo de cautiverio y que se redima con la vida y con su pasado. Si así fuera, por mi parte, pequeña Nevada, estás perdonada. Pero los mayores deberíamos darnos cuenta en qué pueden llegar a transformarse los niños desamparados o con una educación demasiado desatendida. Luego no hay lugar para arrepentimientos.
E=mc2, ¿y?

Albert Einstein
Artículo original para teknoPLOF! de Andoni Talavera Préstamo
Hace no mucho me encontraba tratando de explicarle a mi abuela que la había localizado en una imagen del Street View de Google Earth, en la calle donde vive. ¡Abuela que te he visto en Internet! ¿Ande dices que aparezco, en la intenné? Me miraba como las vacas al tren. Trata tú de explicar a tu abuela lo que significa Internet, para lo que lo utilizamos sus nietos, cómo empezó y las implicaciones que tiene hoy día, que son tantas que, si te falta, parece que has vuelto a la época de las cavernas.
Y algo así me parece que nos pasa a la mayoría de los mundanos cuando leemos o escuchamos los maravillosos avances científicos que salen en las revistas o blogs especializados: el LHC, la búsqueda del Bosón de Higgs, etcétera. El caso es que todo, tarde o temprano, tendrá repercusión en nuestras vidas.
A día de hoy tenemos en nuestra vida cotidiana, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, grandes teorías de física cuántica aplicadas minuto a minuto en cada una de nuestras acciones. Allá por 1917, Albert Einstein, después de todo el desarrollo de una teoría que sería punto de inflexión en la historia científica, entre otras cosas, predecía una forma de emisión de energía teórica (a la sazón no descubierta) a la que llamó emisión estimulada. ¿Y? Pues algo que no eran más que teorías, implica que hoy vivamos como lo hacemos, sencillamente. Aquella energía teórica era lo que posteriormente se daría en llamar láser (luz amplificada por estimulación de emisión de radiación).
La confirmación de la teoría no fue para nada algo inmediato, ya que el láser no aparecería en un laboratorio hasta 1958; más de cuarenta años tardaron en hacerse realidad las predicciones de Einstein. Y 93 años después, el láser lo tenemos hasta en la sopa: escuchamos música grabada en un CD, vemos películas en nuestro aparto de Blu-ray, vamos al súper a hacer la compra y pagamos en caja mientras un lector de código de barras identifica cada producto, hacemos mediciones milimétricas, nos curamos la miopía, disfrutamos en las discotecas con luces psicodélicas y un sinfín de aplicaciones más. Todo ello tuvo su origen en una genialidad que surgió de un lápiz y un papel como una consecuencia inevitable de la naturaleza que nos rodea. Ahí es nada.
La teoría de la relatividad tuvo muchísimas más aplicaciones, dando tiempo al tiempo; relativo, eso sí. Quizás la gente «normal» no haya llegado más allá de oír la Paradoja de los gemelos, cuando la utilidad práctica es mucho más accesible. En resumen, a dos gemelos se les separa. El primero de ellos se queda en la Tierra y el otro es enviado muy lejos en nuestra supernave espacial a la velocidad de la luz. La paradoja dice que, según la teoría de la relatividad de Einstein, cuando el gemelo espacial regrese a la Tierra se encontrará hecho un chaval comparado con su hermano terrestre, que le recibirá con una cachava y lleno de achaques. Hecho un abuelete, vamos. Esto es debido a la dilatación temporal. ¿Y? Pues bien, absolutamente todos los satélites que tenemos en órbita y que controlan todos nuestros movimientos deben ajustar sus relojes internos para estar permanentemente sincronizados con el tiempo de la Tierra. Los satélites artificiales, debido a su velocidad, se retrasan. Pero, a su vez, por el hecho de sufrir menos gravedad que si estuvieran sobre la Tierra, se adelantan. La suma de los dos términos resulta en que los relojes internos se adelantan con respecto a los de la Tierra. Es estrictamente necesario que los satélites GPS, pues, tengan en cuenta la teoría de la relatividad para que tú y tu esposa, en el coche, sepáis llegar el próximo verano hasta la playita recóndita que tanto os gusta y, además, a la hora que tú le habías dicho a la parienta que vais a llegar.
Existen también muchos aparatos cotidianos que tienen una amplia base cuántica por la cual se entiende su funcionamiento, como, por ejemplo, los microondas que utilizamos para calentarnos el café mañanero antes de irnos a trabajar. Todo su proceso es una interacción radiación-materia en función de los momentos dipolares de las sustancias que se colocan en su interior, esto es, si no introducimos algo cuyas moléculas sean algo así como «microimanes», no se calentará, o si lo que normalmente metemos en su interior no tiene agua, tampoco se calentará. Es por ello que los platos vacíos no cogen calor o las tazas metálicas pueden llegar a reventar el electrodoméstico. Todo esto es explicado a través de complejas ecuaciones de interacción entre la radiación electromagnética y los momentos dipolares de algunas sustancias. En fin, ¿por qué la radiación de microondas hace rotar las moléculas, o la infrarroja produce vibración, o la radiación visible hace saltar electrones? Cuántica en estado puro, vaya.
Pero si tuviéramos que poner la medalla de oro a una aplicación que se sirve de la mecánica cuántica, es sin duda alguna aquella que revolucionó el mundo entero, aquella que hace que estés leyendo este blog, que llames con tu teléfono móvil, que juegues a una consola de videojuegos, que veas la televisión, que te despiertes por la mañana odiando el despertador y que aglutina una cantidad innumerable de utilidades más ¿Te lo imaginas? Efectivamente, el transistor. Esa pequeña maravilla creada en 1947 por los Laboratorios Bell, y a cuyos investigadores se les otorgó el Premio Nobel de Física en 1956. El transistor es un elemento que transformó la electrónica hasta tal punto que, a día de hoy, es la «neurona» que está presente en computadoras, teléfonos, televisores, satélites, misiles, etcétera. El funcionamiento del transistor tan sólo es explicable a través de la mecánica cuántica, la cual trató de entender cómo conducían la electricidad los metales, derivando en la llamada Teoría de bandas.
En fin, transistores, láser, microondas, GPS es sólamente el principio. Hay muchísimas aplicaciones terrenales que un día nacieron como grandes teorías, nada efímeras, de las pretéritas mentes pensantes. ¿Quién sabe dónde nos conducirán los experimentos que hoy se están llevando a cabo? ¿Qué aplicaciones prácticas tendrá en un futuro, por ejemplo, la Teoría de cuerdas? Sólo el tiempo lo dirá, pero, en principio, el futuro promete. ¿Y?
Web Content Manager: la profesión 2.0 del futuro

Web Content Manager
Básicamente un Administrador/Responsable de Contenidos Web es una persona que se encarga de generar y administrar el contenido en Internet de una empresa. Las grandes compañías tienen departamentos específicos, con decenas de trabajadores, que se ocupan de este cometido. Pensemos en webs de periódicos, revistas, multinacionales, empresas de ofertas de empleo y, en general, sitios con un movimiento y actualización prácticamente diarios.
Estos trabajadores desarrollan y publican todo lo que tenga que ver con el contenido digital de las empresas. Sin embargo, no dejan de ser meros corderillos a las órdenes de su amo, sin ningún tipo de autonomía ni capacidad de iniciativa propia para salir del redil.
Por el contrario, a la sombra de esta profesión han aparecido Administradores de Contenidos Web de tipo freelance o independientes. Son personas únicas, generalmente, bastante geeks y con grandes conocimientos de Internet. Se encargan no sólo de gestionar el contenido web de una empresa, sino también de generar opinión e incluso, si fuera necesario, controversia en la Red.
Las pequeñas empresas, y las no tan pequeñas, se están sirviendo cada vez en mayor medida de estos profesionales del medio digital. Imaginemos a un cocinero, con más o menos reputación a nivel nacional, que necesita publicitarse en Internet para sacar un mayor provecho al medio que la simple página web de su restaurante. Este cocinero decide contratarnos como Web Content Manager y, entonces, empieza la guerra.
Lo primero es mejorar la web de la empresa, está claro que la intro en Flash nos sobra, y la estructura interna de tablas y párrafos ya no se lleva. Decidimos crear un nuevo sitio basado en XHTML y CSS, completamente estructurado y preparado para migrar a HTML5 en cuanto sea un estándar de facto. Nuestros amplios conocimientos en SEO (Search Engine Optimization), o lo que es lo mismo ‘Optimización de Motores de Búsqueda’ (lo que toda la vida a sido el posicionamiento en buscadores), nos llevan a desarrollar diversas técnicas de marketing y optimización del sitio para que los buscadores más importantes nos tengan en cuenta y nos sitúen en los primeros puestos de los resultados de búsqueda. Hará falta dinero, pero tenemos un cheque en blanco de nuestro cliente encima de la mesa.
El segundo punto de ataque será la blogosfera. Una página web está bien, pero por lo general se convierten en algo bastante poco dinámico que termina por aburrir. La gente quiere saber los horarios y la carta del restaurante, pero además le encantaría conocer las impresiones y pensamientos de su chef favorito. Un blog es el medio ideal para estos fines.
Por supuesto que nuestro cliente cocinero no tiene tiempo de andar actualizando todos los días su bitácora, y muchísimo menos tiene conocimientos para ello. Es por eso que seremos nosotros, bajo las condiciones de un contrato, los encargados de suplantar la personalidad de este cliente, hacernos pasar por él y escribir en el blog que hemos creado a su nombre como si realmente él fuéramos. Esto puede resultarnos complicado, porque no tenemos ni repajolera idea de cocina moderna, así que serán necesarias diversas reuniones semanales o mensuales para definir objetivos y determinar contenidos, aunando nuestra capacidad de expresión digital con sus conocimientos de cocina. Un Web Content Manager suplanta la identidad de su cliente en Internet.
El blog marcha viento en popa, cada vez tiene más visitas y las estadísticas son inmejorables. Es hora de torpedear las redes sociales. Cualquier Administrador de Contenidos Web sabe que las redes sociales se están convirtiendo en una Internet alternativa dentro de la propia Internet. Quien no se encuentre en alguna de ellas, prácticamente no existe digitalmente. Y esto las empresas lo conocen muy bien.
Abrimos cuentas en Facebook, Twitter y MySpace, además de en las redes más profesionales como LinkedIn o Xing, y también un canal de YouTube y una galería de Flickr, donde colgaremos los vídeos y las fotografías, respectivamente, del cocinero preparando suculentos platos que servirán, así mismo, de alimentación audiovisual para nuestro blog.
Manejar todas estas herramientas día a día (actualizando contenidos, comprobando el feedback con el visitante, contestando dudas, ajustando parámetros de posicionamiento, optimizando la usabilidad, etcétera, etcétera) es prácticamente imposible para un cocinero que dedica todo su tiempo a cocinar, administrar su negocio, impartir alguna que otra conferencia y asistir a un programa de radio semanalmente. Como véis, ahí entra en juego el Web Content Manager.
Lo más importante para vivir de esto es manejarse perfectamente en Internet y conocer las tendencias y las rutas migratorias digitales. La reputación viene por sí sola en función de los éxitos conseguidos con tus clientes. El abanico se podría ampliar hasta el infinito, haciendo uso de foros de noticias, chats, imageboards, videoblogs y un larguísmo etcétera. La clave está en la presencia masiva en la Red, generando opinión a gran escala.
Muchas veces, como decíamos antes, puede llegar a ser necesario hasta crear controversia, mediante la difusión de Internet memes, acciones de marketing viral, correos electrónicos en cadena o astroturfing, por ejemplo. Pero cuidado, un Administrador de Contenidos Web siempre ha de tener muy clara la línea que divide la provocación sutil del molesto troll en Internet. Cualquier acción de tipo viral se puede volver contra nosotros en segundos, haciendo que nuestro proyecto de difusión de la imagen de una empresa se convierta en el más grande de los fracasos. Y lo peor es que la ráfaga de disparos no va a venir sólo contra nosotros y nuestro prestigio, es que el daño que podamos hacer a nuestro cliente y a su empresa puede ser una gran catástrofe. De ahí la necesidad de conocer prácticamente al 100% los movimientos de la Red y sus características más profundas.
Sin duda un trabajo de riesgo pero muy bonito y atractivo. Una profesión de las más cotizadas y necesarias del mercado digital mundial ya a día de hoy, pero en un futuro muchísimo más.
De los pollitos de colores a EyePet (pasando por el Tamagotchi)

EyePet
Cuando yo era pequeño se llevaban las mascotas de carne y hueso. El que no tenía un perro, tenía un gato o un canario e, incluso, algunos tenían una tortuga, que eso era ya el no va más de los animales domésticos. España era todavía muy rural, y en muchos pueblos los niños vivían a diario con conejos, gallinas, vacas y ovejas.
Por aquella época, en los mercadillos de pueblos y ciudades surgió una nueva moda que nos volvió locos a todos los críos: los pollitos de colores. Estos animales en cuestión eran pollitos reales, vivitos y coleando, a los que se les sometía a un proceso de pintado como si de puertas de madera se trataran. Era común ver al típico anciano con su caja de cartón vendiendo pollitos de colores y asegurando a las madres, acuciadas por sus hijos para adquirir un pollo azul o verde, que aquellas aves no vivían mucho tiempo debido a lo nocivo del coloreado de sus plumas. ¡Hay que ser cabrón para encima reconocerlo! Pobres animales.

Pollitos de colores
Recuerdo haber tenido un pollito de estos que, inexplicablemente, se convirtió en gallina, se salía de su caja y comía como una desquiciada. No sé que ocurrió con ella, pero supongo que nada bueno, porque mi madre se acordaba frecuentemente del viejo vendedor de pollitos de colores y de las palabras que aseguraban la corta vida de los bichos. Posteriormente se pusieron de moda los patitos, y los hubo también de colores. Pato ya no tuve, se antojaba demasiado tentar mi suerte y la paciencia de mi madre, así que opté por ni siquiera mencionarlo.
Y entonces la sociedad decidió volver a las mascotas normales con su colorido de serie. Cada vez se compraron más perros y más gatos, y animales exóticos y aves raras y hasta roedores, anfibios y reptiles. Y los animales se empezaron a abandonar en las cunetas cuando las familias se iban de vacaciones en verano. Qué bonito es un perrito como regalo de Navidad pero cómo molesta después cuando hay que ocuparse de él. Necesitábamos algo que gustara a los niños, que no fuera un incordio y, a poder ser, que no manchara mucho (o nada).
Los japoneses, que son más listos que el hambre, enseguida dieron con la respuesta a nuestras necesidades: el Tamagotchi, un pequeño aparatejo en forma de huevo que tiene una pantalla en blanco y negro pixelada donde se pueden observar las vivencias de una mascota virtual. Un animalito al que se puede alimentar, llevar al baño, regañar, felicitar y curar cuando está enfermo. Y todo ello metido en un trozo de plástico que cabe en el bolsillo.

Tamagotchi original
Desde 1996 hasta la actualidad se han vendido millones de unidades de 37 versiones distintas de Tamagotchi, con un éxito abrumador en un comienzo y un paulatino desencanto y descenso de popularidad después. Fue creado por Aki Maita, una japonesa de 31 años amante de las mascotas que en 1990 entró a trabajar para la empresa juguetera japonesa Bandai.
Es curioso, pero parece que los niños necesitan cuidar mascotas por cojones, aunque no quieran. Esa necesidad de trasladar el cuidado que ellos reciben de sus padres a un ser que puedan manejar y controlar con el objeto de educarlos en responsabilidad todavía continúa existiendo. Parece que las mascotas virtuales son el camino que debe ser seguido, y de ahí nace EyePet.
EyePet es un juego para PlayStation 3, creado por London Studio y aparecido a finales del pasado año 2009. Se basa en la utilización de la cámara PlaySation Eye y aprovecha los modernos conceptos de realidad aumentada para proponernos la interacción con una mascota de lo más divertida absurda. Una suerte de mezcla entre un pequeño simio y un gremlin es el protagonista de este divertimento que, si bien resulta una absoluta estupidez, la calidad técnica con la que está realizado es impresionante. En el siguiente vídeo podemos ver la presentación oficial de Sony para este videojuego.
[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=YZvxIjdyyII[/youtube]
El jugador es capaz de interactuar totalmente con el bicho, puede colocar objetos delante de él que el software interpretará para generar una respuesta coherente. Por ejemplo, si tiramos una pelota hacia el mono, este saltará fuera de su trayectoria para evitar ser lastimado. También reacciona a las acciones de movimiento y sonido que permiten al usuario, por ejemplo, hacerle cosquillas al animal o aplaudir para asustarlo.
EyePet llegará en un acogedor huevo que estará a tu cargo hasta el momento en que de él nazca una adorable y amistosa criatura, deseosa de que le prestes toda tu atención. La mascota, que se puede personalizar con pieles de distintos colores y disfraces varios, se puede afeitar para que esté más suave, hacerle pasar por la peluquería o curarle cuando esté malito (malaria o dengue digo yo que tendrá). Es capaz de interactuar con objetos virtuales, como camas elásticas o máquinas de hacer burbujas, y con objetos formados a partir de un dibujo real que es mostrado a cámara.
Una virguería de pasatiempo mascotil que deja a los pobres pollitos de colores totalmente desactualizados. ¡Cómo han cambiado las cosas en poco tiempo! Ahora habrá que ver si la fiebre EyePet dura o se desvanece en poco tiempo. El día en que estos juegos se empiecen a vender en las tiendas de mascotas habrá que empezar a preocuparse.
Cómo nos intentan controlar vía RFID (y el peligro que ello supone)

Chip RFID bajo una etiqueta
RFID (siglas de Radio Frequency IDentification, en castellano «identificación por radiofrecuencia») es un sistema de almacenamiento y recepción de datos remotos que funciona mediante radiofrecuencia. Digamos que es como el siguiente paso evolutivo de los códigos de barras pero con mucha mayor funcionalidad y más prestaciones, ya que no necesita de la visión directa entre lector y etiqueta y, además, se puede utilizar a varios metros de distancia. Asimismo, permite almacenar datos variables, cosa que los códigos de barras son incapaces de hacer.
Para que nos entendamos todos de una vez, son los chips que llevan los perros implantados desde hace años para, en caso de pérdida, robo o abandono, identificar al can. Si un perro es abandonado vilmente en una gasolinera, el chip RFID nos revelará inmediatamente cuál es el nombre del animal (y también cuál es el nombre del perro).
El sistema funciona mediante dos elementos: el chip (o etiqueta) RFID, propiamente dicho, y un sistema de base que puede leer y escribir en el chip a distancia. La base (transceptor o interrogador) genera un campo de radiofrecuencia que alcanza al chip (o transpondedor). Estos chips, normalmente, son pasivos, es decir, no necesitan de corriente eléctrica para funcionar, porque es el propio campo de radiofrecuencia generado por el lector el que alimenta el circuito mediante una señal rectificada. Cuando el chip dispone de la energía necesaria, transmite sus datos al transceptor, y éste detecta esos datos como una perturbación del propio nivel de la señal y los procesa según el software determinado que controle el sistema.
Existen multitud de sistemas interrogadores (bobina simple, doble bobina, diferentes frecuencias…) y también distintos tipos de chips RFID (pasivos, activos y semipasivos), pero en este post no bajaremos a bucear a las profundidades de la tecnología, sino que nos quedaremos flotando en la superficie, divisando el horizonte tecnológico que nos depara.
Las aplicaciones de RFID para una mente geek pueden ser infinitas, pero, como en todo, la seguridad ha de ser uno de los factores primordiales que deben tenerse en cuenta, sobre todo por las recientes implementaciones que se están poniendo de moda en pasaportes o DNI electrónicos, tarjetas de crédito inteligentes u otros medios de pago. No son pocos los hackers éticos que han desarrollado hardware que leen a pocos metros de distancia un chip RFID y, en cuestión de segundos, desencriptan su información y piratean los datos más sensibles. Estas informaciones han sido puestas en conocimiento de los más directos responsables, pero el orgullo de muchos es inversamente proporcional a su capacidad de humildad y se niegan a admitir sus fallos.
El siguiente vídeo (en inglés) muestra cómo el experto en seguridad, futurista y hacker Pablos Holman revienta la seguridad de una tarjeta American Express provista de un chip RFID con un aparatejo que puede costar tan solo 8 $.
[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=vmajlKJlT3U[/youtube]
Estos hackers, además, han demostrado físicamente en más de una ocasión que los chips RFID pueden ser leídos desde 10 metros de distancia, tumbando por los suelos las diferentes especificaciones de los estándares que adjudicaban una distancia máxima de lectura de 10 centímetros. De todos modos, es posible, con hardware más potente, leer estas etiquetas desde mucha más distancia, incluso a más de 1,5 kilómetros.
Teniendo en cuenta que es una tecnología inalámbrica y que las transmisiones inalámbricas se pueden interceptar fácilmente, el aspecto de la seguridad es vital. Los modernos sistemas de pago o identificación permiten que, por ejemplo, circulemos en coche por la autopista y al llegar al peaje no tengamos ni que detenernos, porque un aparato interrogador identifique nuestra tarjeta RFID a metros de distancia y automáticamente nos cargue el pago en nuestra cuenta corriente y nos abra la barrera. Por otro lado, el proceso de entrar en un aeropuerto extranjero mediante un pasaporte electrónico se hace menos tedioso, ya que las etiquetas RFID de nuestros documentos nos identifican antes de llegar siquiera al arco de seguridad.
Varios países han propuesto la implantación de dispositivos RFID en sus nuevos pasaportes para aumentar la eficiencia en las máquinas de lectura de datos biométricos. El experto en seguridad Bruce Schneier dijo a raíz de estas propuestas: «Es una amenaza clara tanto para la seguridad personal como para la privacidad. Simplemente, es una mala idea». Por ejemplo, un asalto cerca de un aeropuerto podría tener como objetivo a víctimas que han llegado de países ricos, o un terrorista podría diseñar una bomba que funcionara cuando estuviera cerca de personas de un país en particular, información recabada del chip RFID de sus pasaportes.
Las aplicaciones aparentemente más inocuas pueden llegar a ser peligrosas. Desde su aparición se esta intentado vender la tecnología RFID como una evolución de los códigos de barras. La caja de cereales que compramos todas las semanas en el supermercado, por ejemplo, puede llevar un minúsculo chip RFID con información sobre la marca, el precio y la fecha de caducidad. Esto, que puede parecer una tontería, se vuelve peligroso cuando volvemos a casa, ya que los chips siguen estando ahí para siempre y siguen respondiendo a las llamadas de un transceptor. Cualquier persona con no muy buenas intenciones podrían hacer un escaneo sobre nuestra casa y conocer hasta nuestros datos más íntimos: la ropa que tenemos en el armario, los cereales que consumimos, la marca de nuestro televisor o la frecuencia con la que compramos preservativos. La información es poder, y el poder en malas manos no es algo precisamente bueno.
Lo anterior puede parecer un juego de niños cuando los chips RFID campen a sus anchas por tarjetas de crédito, móviles con sistemas de pago y libretas de ahorro. Cualquiera podría identificar esas emisiones a distancia y soplarnos todo el dinero de nuestra cuenta corriente en un abrir y cerrar de ojos. Por ello, una de las enmiendas de seguridad que se exigen a los estándares desde siempre es que los chips RFID no almacenen muchos datos sobre una persona (como hacen ahora), sino una simple referencia que es cotejada por el software del receptor al recibirla. Por ejemplo, el chip de una tarjeta de crédito no debería guardar el nombre, apellidos, dirección, fecha de expiración y PIN de un usuario, sino simplemente un número de registro que el receptor consulte en una base de datos para extraer el resto de información y validarlo.
El vídeo siguiente (en inglés) demuestra como el experto hacker Chris Paget es capaz de clonar, con un sistema fabricado por él, decenas de pasaportes RFID sólo dándose una vueltecita con el coche.
[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=9isKnDiJNPk[/youtube]
El problema ya no es que sea posible clonar las tarjetas RFID (que lo es), sino que se puede hacer por muy poco dinero y a bastante distancia. Lo que ha demostrado Chris Paget es que con 250 dólares ha podido montar un sistema con el que puede leer el identificador RFID de los pasaportes a una distancia de 10 metros.
Otro ejemplo en el que está involucrado el RFID son las tarjetas de transporte utilizadas en muchas ciudades. Un equipo de una universidad holandesa demostró como era posible clonar las Oyster card, la tarjeta que se utiliza en el transporte público de Londres. Las autoridades minimizaron este problema indicando que son capaces de detectar tarjetas clonadas y que, por tanto, solo serviría para viajar durante un día. Cosa que nadie se creyó.
Si ya es peligroso perder de vista la tarjeta de crédito en un restaurante o en un peaje porque la pueden clonar, ¿qué va a ocurrir ahora que se van a poder duplicar tarjetas a distancia, sin necesidad de tener acceso físico a ellas, mediante un simple barrido? Si esto no requiere de una mayor seguridad que baje Dios y le eche un vistazo.
El último grito en lo que a moda pijoleta se refiere es la implantación de chips RFID en las personas, bajo la piel. Se pueden utilizar para abrir la puerta de tu casa o de tu coche con solo acercarte a ella, para la identificación de empleados a la entrada de una empresa y en el acceso a áreas sensibles restringidas o, el súmmum de la subnormalidad profunda (con todos mis respetos a las personas afectadas de algún tipo de retraso), para entrar a una discoteca sin necesidad de esperar colas e, incluso, para pagar en la barra.
La ciudad de Barcelona fue pionera en esta chorrada, nunca imaginada por los fabricantes de RFID. En el año 2004, la discoteca Baja Beach anunciaba a sus clientes la posibilidad de implantarse un chip que les permitiría evitar las colas de entrada, acceder al área VIP o no pagar inmediatamente las bebidas, anotándolas en su cuenta. En fin…
A dónde vamos a llegar. Esta historia me recuerda (aunque no tenga nada que ver con los chips RFID) a la patente aquella que hace más o menos un año le fue denegada a un inventor árabe y que proponía un diminuto chip injertable que contenía un pequeño GPS y una cápsula de cianuro. El objetivo era controlar a delincuentes peligrosos que, si se escapaban, no llegarían muy lejos al ser liberada remotamente la dosis letal. No es que la realidad supere a la ficción, es que vamos copiando las puñeteras películas americanas punto por punto.
Un mundo futuro RFID es la utopía de todo geek, pero si la seguridad no es absoluta mejor que volvamos a guardar el dinero en el colchón y a abrir las puertas con una llave metálica. Aunque como soñar es gratis, soñemos.
Año 2050 (seguro que me quedo corto); el chip RFID es algo tan común como lo era el DNI del siglo pasado. Personas, animales y objetos tienen chips implantados, tecnológicamente muy avanzados, que los identifican al más mínimo detalle.
Te levantas de la cama y entras en la cocina; los electrodomésticos te detectan inmediatamente y en cinco minutos tienes preparado el desayuno. Mientras, el televisor ha sintonizado tu programa favorito, las noticias de la mañana. Mala suerte, tus hijos acaban de levantarse también y la televisión ha cambiado de canal para mostrar dibujos animados y ha bloqueado todos los canales pornográficos dejándolos innaccesibles. ¡Mierda!, te dices, a ver cuando cambio esa programación que el cabeza de familia soy yo y me tengo que tragar todas las mañanas los programas infantiles.
Tu mujer ya se ha encargado de ordenar al frigorífico que prepare la lista de la compra, en función de las unidades restantes en su interior identificadas por sus propios chips. Lo único que tienes que hacer es descargar la lista en tu teléfono móvil y marchar corriendo para que te dé tiempo a llegar a trabajar.
Diriges tu carrito, cabizbajo, por los pasillos del supermercado y ves cómo se encienden pequeños leds bajo los artículos que necesitas comprar, detectándolos el sistema del establecimiento al conectarse a la aplicación de lista de la compra de tu celular. Lo malo es que siempre se encienden también esas malditas bombillitas naranjas que te ofrecen productos que no necesitas, pero que están en oferta y te convendría comprar también. Siempre caes en la tentación de alguna galletita de chocolate, y el gran hermano lo sabe.
Con el carro lleno te diriges a las cajas. ¡Qué tiempos aquellos en los que te desesperabas porque la cola no avanzaba mientras una señora mayor colocaba prudentemente la compra en la cinta transportadora! Ahora sólo tienes que salir; un barrido a todos los chips RFID de los artículos del carro identificará cada cosa que te llevas y generará la factura. ¡Diablos! El sistema te indica que los yogures naturales azucarados que llevas caducan mañana. Bueno, te dices, no tengo tiempo de cambiarlos, esta noche toca maratón de lácteos. Un último escaneo RFID carga el importe de la compra en tu tarjeta de crédito. La puerta se abre; puedes salir.
Como siempre, llegas tarde al trabajo; se encarga de recordártelo el sistema de tu empresa el entrar por la puerta y detectar tu chip para fichar y anotar tu hora de llegada. Pasas el día como puedes entre cafés a media mañana, que pagas con solo acercarte a la máquina, y comida al mediodía que te sirve amablemente una máquina, la cual conoce a la perfección tus gustos culinarios, pero decide ponerte a dieta por el exceso de calorías que acumulas últimamente.
El día termina como siempre. Los niños se han dormido, y tu mujer se lava los dientes antes de meterse a la cama contigo. El despertador se ha programado de forma automática en cuanto te ha detectado cerca para sonar inexorablemente al día siguiente. Mientras se cierran tus ojos, piensas otra vez más en el día en que una fulguración solar gigantesca produzca un impulso electromagnético que mande a tomar por culo todo lo que tenga circuitos electrónicos sobre la faz de la Tierra.
Y yo me pregunto, ¿de verdad nos gustaría vivir así?
NOTA FINAL: Existe una web que proclama el boicot contra la tecnología RFID y se declara contraria a esta intromisión en la privacidad de las personas. Por si te interesa es Spychips.

