«iuqerfsodp9ifjaposdfjhgosurijfaewrwergwea.com»: cuando un dominio de 10 dólares frenó una pandemia digital

WannaCry

En mayo de 2017 el mundo fue testigo de uno de los ciberataques más impactantes de la historia. Miles de organizaciones en decenas de países vieron cómo sus sistemas informáticos quedaban bloqueados de forma repentina por un ransomware llamado WannaCry. Hospitales, empresas de telecomunicaciones, fábricas, universidades y organismos públicos se encontraron con sus archivos cifrados y una exigencia de rescate en bitcoins para recuperarlos. Durante unas horas pareció que Internet estaba asistiendo a una especie de pandemia digital capaz de expandirse sin control.

Lo que hacía especialmente peligroso a WannaCry era que no dependía de la torpeza de los usuarios. La mayoría de los programas maliciosos necesitan que alguien abra un archivo adjunto, pulse sobre un enlace o instale una aplicación infectada. WannaCry era diferente, pues hacía uso de una vulnerabilidad de Windows conocida como MS17-010 para propagarse automáticamente de un ordenador a otro. Dicha vulnerabilidad afectaba (y afecta, si no está parcheada) al protocolo SMBv1, el mecanismo utilizado por Windows (en su primera versión) para compartir archivos, impresoras y recursos en general dentro de una red. Gracias a ella, un atacante podía ejecutar código de forma remota en una máquina vulnerable sin necesidad de autenticarse ni de que el usuario realizara ninguna acción.

WannaCry

La herramienta que aprovechaba esta vulnerabilidad era un exploit denominado EternalBlue. Lo más sorprendente es que EternalBlue no había sido desarrollado por un grupo criminal cualquiera, sino por la propia Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, la NSA. Durante años fue una herramienta secreta utilizada con fines de inteligencia hasta que acabó filtrada al público por un misterioso grupo conocido como The Shadow Brokers. De repente, una de las armas digitales más sofisticadas del arsenal de una agencia gubernamental quedó al alcance de cualquiera que quisiera utilizarla.

Cuando WannaCry apareció en Internet (viernes, 12 de mayo de 2017), combinó dicho exploit EternalBlue con un ransomware tradicional, y el resultado fue devastador. Una vez que una máquina era infectada, comenzaba a escanear la red en busca de otros equipos vulnerables. Si encontraba alguno, lo comprometía automáticamente y repetía el proceso. Este comportamiento convirtió a WannaCry, además, en un gusano informático, una categoría especialmente peligrosa de malware porque puede expandirse por sí mismo sin intervención humana y, en aquel entonces, en cuestión de horas se registraron decenas de miles de infecciones en más de ciento cincuenta países.

Entre las víctimas más conocidas estuvo el Servicio Nacional de Salud británico. Numerosos hospitales tuvieron que cancelar operaciones y consultas porque sus sistemas informáticos quedaron inutilizados, y también resultaron afectadas grandes empresas industriales, compañías de telecomunicaciones y organismos gubernamentales. Las imágenes de pantallas mostrando el mensaje de rescate dieron la vuelta al mundo y generaron una sensación de vulnerabilidad pocas veces vista hasta entonces.

WannaCry

Sin embargo, cuando todo parecía fuera de control, ocurrió algo inesperado. Un joven investigador británico de seguridad informática llamado Marcus Hutchins, conocido en Internet por el alias MalwareTech, comenzó a analizar una muestra del ransomware para comprender su funcionamiento. Durante su investigación, Hutchins observó un comportamiento extraño. Descubrió que, antes de iniciar el cifrado de archivos o de comenzar su propagación, WannaCry intentaba contactar con un extraño dominio de nombre aparentemente aleatorio: iuqerfsodp9ifjaposdfjhgosurijfaewrwergwea.com.

La mayoría de los investigadores habría considerado aquel detalle como una simple curiosidad técnica, pero Hutchins, intrigado por su presencia en el código fuente, decidió registrar aquel dominio para estudiar el tráfico que pudiera recibir. El coste fue insignificante, apenas unos pocos dólares, pero lo que ocurrió después sorprendió a todo el mundo. Una vez que el dominio comenzó a responder, las nuevas instancias de WannaCry dejaron de ejecutarse. Sin saberlo, Hutchins había activado un mecanismo oculto dentro del software malicioso que actuaba como un interruptor de apagado, conocido popularmente como kill switch. Si la conexión fallaba, el malware continuaba ejecutándose normalmente; si la conexión tenía éxito, se detenía.

La razón exacta por la que los autores incluyeron este mecanismo sigue siendo objeto de debate. La teoría más aceptada es que pretendían dificultar el análisis del malware en entornos de laboratorio, ya que muchos sistemas automáticos utilizados por investigadores responden positivamente a cualquier petición DNS o HTTP realizada por un programa sospechoso con el objeto de observar su comportamiento. Los desarrolladores de WannaCry podrían haberlo diseñado para que se detuviera si conseguía contactar con aquel dominio, asumiendo que eso significaba que estaba siendo ejecutado dentro de una sandbox de análisis. Lo que no imaginaron es que a alguien le diera por registrar el dominio (o sí, quién sabe) y provocaría que todas las nuevas infecciones interpretaran que debían detenerse.

Es importante señalar que el hallazgo no eliminó el ransomware de los equipos ya comprometidos ni recuperó los archivos cifrados. Los sistemas infectados continuaron afectados. Sin embargo, el descubrimiento sí que logró frenar la propagación masiva que estaba alimentando el crecimiento exponencial del ataque. En otras palabras, se cerró la principal vía por la que la epidemia digital seguía expandiéndose.

WannaCry

El caso WannaCry también dejó al descubierto una realidad incómoda. Microsoft había publicado el parche que corregía la vulnerabilidad dos meses antes del ataque. A pesar de ello, miles de organizaciones no habían actualizado sus sistemas. Muchas utilizaban versiones antiguas de Windows o mantenían configuraciones obsoletas por motivos de compatibilidad. El resultado fue que una vulnerabilidad conocida y corregida acabó convirtiéndose en la puerta de entrada de una de las mayores crisis de seguridad informática de la década.

Con el paso del tiempo, WannaCry se ha convertido en un ejemplo clásico de cómo múltiples factores pueden combinarse para producir una tormenta perfecta: una vulnerabilidad grave, una herramienta ofensiva filtrada desde una agencia gubernamental, miles de sistemas sin actualizar y un malware diseñado para propagarse automáticamente fueron los ingredientes de un incidente histórico. Sin embargo, también es recordado por una circunstancia casi surrealista, la de que una crisis global que amenazaba con paralizar infraestructuras críticas terminó siendo frenada, al menos en gran medida, gracias al registro de un dominio olvidado que costó menos que una comida rápida.

Pocas veces en la historia de la informática una decisión tan simple tuvo un impacto tan enorme. Mientras miles de expertos intentaban comprender qué estaba ocurriendo y gobiernos de todo el mundo activaban protocolos de emergencia, un investigador sentado frente a su ordenador acabó encontrando la pieza que detuvo la expansión del ataque. Es una historia que parece sacada de una novela ciberpunk, pero ocurrió de verdad. Y, quizás por ello, WannaCry sigue siendo, casi una década después, uno de los episodios más fascinantes de la historia de la ciberseguridad.

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