El puerto de infrarrojos: cuando para enviar una foto había que apuntar con el móvil

Mucho antes de AirDrop, de WhatsApp y de que Bluetooth estuviera hasta en el cepillo de dientes, hubo una época en la que dos teléfonos móviles podían intercambiar información mediante algo bastante más rudimentario y, al mismo tiempo, fascinante: luz infrarroja. Quienes tuvieron determinados teléfonos móviles, ordenadores portátiles o agendas electrónicas durante los años noventa y los primeros años del nuevo milenio seguramente recuerden aquella pequeña ventana de plástico oscuro situada en algún lateral del aparato. No parecía hacer gran cosa, no había que introducir ningún cable en ella y normalmente ni siquiera emitía una luz que pudiéramos ver. Sin embargo, detrás de aquel rectángulo negro se escondía un pequeño sistema de comunicaciones capaz de enviar datos de un dispositivo a otro.

El principio de funcionamiento era relativamente sencillo. En lugar de utilizar ondas de radio, como hace Bluetooth, por ejemplo, los dispositivos con puerto de infrarrojos utilizaban radiación electromagnética situada justo un punto más allá de la parte visible del espectro. Nuestros ojos no pueden verla, pero un emisor y un receptor adecuados sí pueden utilizarla para transmitir información. La idea, en realidad, nos resulta mucho más familiar de lo que parece. Un mando a distancia de televisión funciona siguiendo un principio parecido: al pulsar un botón, un pequeño LED infrarrojo situado en la parte frontal del mando emite una secuencia de pulsos. El televisor recibe esos pulsos, interpreta su patrón y descubre si queremos subir el volumen, cambiar de canal o apagarlo. No existe ningún cable entre ambos aparatos: la información viaja mediante luz.
Los puertos de infrarrojos de ordenadores, teléfonos y otros dispositivos llevaron esa idea bastante más lejos. No se trataba simplemente de enviar unas pocas órdenes predefinidas, ya que era posible establecer una comunicación digital entre dos aparatos y utilizarla para intercambiar contactos, sincronizar una agenda, enviar archivos, imprimir documentos o incluso conectarse a Internet utilizando un teléfono móvil como el módem adecuado.

Una de las tecnologías fundamentales detrás de aquello fue IrDA, siglas de Infrared Data Association. La asociación se creó en 1993 con el objetivo de establecer estándares que permitieran que dispositivos de distintos fabricantes pudieran comunicarse mediante luz infrarroja. Gracias a esas especificaciones, el infrarrojo dejó de ser simplemente una tecnología utilizada en mandos a distancia y pudo convertirse en una auténtica interfaz de datos para ordenadores y dispositivos portátiles.
El funcionamiento físico tenía una consecuencia que cualquiera que utilizase estos sistemas aprendía enseguida: los aparatos «tenían que verse». Dentro del puerto había un emisor infrarrojo y un receptor. Cuando un dispositivo quería transmitir información, convertía los datos digitales en una serie de pulsos luminosos extremadamente rápidos. El otro dispositivo detectaba esas variaciones de luz y las transformaba de nuevo en información digital. Como la radiación infrarroja utilizada en estas comunicaciones se comportaba fundamentalmente como la luz, no atravesaba alegremente paredes y obstáculos como pueden hacerlo determinadas señales de radio. Por eso había que colocar los dispositivos relativamente cerca y orientar sus puertos uno hacia otro.
Era el famoso ritual de los puertos infrarrojos: se activaba la función en los dos teléfonos, se buscaba la pequeña ventana oscura de cada uno y se colocaban ambos sobre una mesa, enfrentados. Entonces aparecía el dispositivo remoto y comenzaba la transferencia. Si todo iba bien, unos segundos o unos minutos después, el archivo estaba al otro lado. Si alguien movía uno de los teléfonos, podía irse la trasmisión al carajo y había que comenzar del nuevo.
Aquello tenía una ventaja curiosa desde el punto de vista de las interferencias. Mientras las tecnologías de radio transmiten en todas direcciones y pueden convivir numerosos dispositivos dentro del mismo espacio, una conexión infrarroja era mucho más direccional. Los dos aparatos estaban físicamente enfrentados y la comunicación quedaba bastante delimitada entre ellos. El inconveniente era exactamente el mismo, que había que mantener dicha orientación.
Los primeros estándares IrDA ofrecían velocidades que hoy resultan ridículas. Las especificaciones iniciales permitían comunicaciones desde unos pocos kilobits por segundo hasta 115,2 kbit/s. Posteriormente aparecieron versiones más rápidas, como Fast Infrared (conocida como FIR), que elevó la velocidad hasta 4 Mbit/s, y otras evoluciones del estándar que llegaron todavía más lejos.

Cuatro megabits por segundo pueden parecer insignificantes en una época en la que una conexión doméstica puede mover cientos o miles de megabits, pero conviene recordar qué tipo de información circulaba entonces entre aquellos dispositivos. Un contacto ocupaba prácticamente nada y una fotografía tomada por uno de los primeros móviles con cámara podía tener unas pocas decenas o centenares de kilobytes. Las agendas electrónicas almacenaban cantidades diminutas de información comparadas con las actuales y muchos documentos eran igualmente pequeños.
El infrarrojo tenía además otra característica muy atractiva para los fabricantes de dispositivos portátiles, que era que el hardware podía ser relativamente pequeño y consumir muy poca energía. En una época en la que los teléfonos tenían baterías diminutas comparadas con las actuales y cualquier función adicional debía justificar cuidadosamente su consumo, aquello era un algo muy relevante. Además, se evitaban los conectores físicos, y un portátil, por ejemplo, podía comunicarse con una impresora compatible sin necesidad de encontrar el cable adecuado; una PDA podía sincronizar información con un ordenador; y dos teléfonos podían intercambiar una tarjeta de contacto. Todo sin cables, pero con mucha puntería.
La pequeña ventana oscura que cubría el puerto también tenía su razón de ser. El material estaba diseñado para permitir el paso de las longitudes de onda infrarrojas utilizadas por el sistema mientras filtraba parte de la luz visible y protegía los componentes internos. Para nosotros parecía simplemente un trozo de plástico negro o rojizo. Para el emisor y el receptor era una ventana perfectamente transparente a la radiación que les interesaba.
Una forma divertida de comprobar que la luz infrarroja existe sigue estando al alcance de cualquiera. Muchos sensores de cámaras digitales pueden detectar parte del infrarrojo cercano y si apuntamos un mando a distancia hacia la cámara de determinados teléfonos y pulsamos un botón, es posible observar en la pantalla un destello procedente del LED que nuestros ojos, mirando directamente al mando, no perciben. Dependiendo del teléfono y de los filtros incorporados a sus cámaras, el efecto será más o menos visible.

Y entonces llegó la tecnología Bluetooth con una ventaja demoledora: los dispositivos no necesitaban mirarse. Al utilizar radiofrecuencia, un teléfono era capaz de comunicarse con otro aunque estuviera dentro de un bolsillo. No era necesario localizar una pequeña ventana, colocar ambos aparatos sobre una mesa ni mantenerlos cuidadosamente alineados durante la transferencia. Además, Bluetooth fue evolucionando rápidamente y comenzó a integrarse en auriculares, ordenadores, teclados, ratones, automóviles y una cantidad creciente de dispositivos.
Wi-Fi también fue extendiéndose y cubriendo las comunicaciones que necesitaban mayores velocidades y alcance. Entre ambos fueron dejando cada vez menos espacio para IrDA en los dispositivos de consumo. Pero no ocurrió de golpe, ya que durante algunos años convivieron teléfonos con infrarrojos y Bluetooth. Algunos incorporaban ambas tecnologías y permitían elegir. Poco a poco, sin embargo, el infrarrojo dejó de aparecer en las listas de especificaciones; los nuevos usuarios ya no lo necesitaban y los antiguos descubrieron que Bluetooth era mucho más cómodo y veloz.

Pero el infrarrojo no murió, simplemente dejó de utilizarse masivamente para transmitir archivos entre ordenadores y teléfonos. Sigue estando a nuestro alrededor, como decíamos, en los mandos a distancia, donde resulta extraordinariamente barato, sencillo y eficaz, pero también existen sensores, sistemas de comunicaciones de corto alcance y numerosas aplicaciones industriales que trabajan con radiación infrarroja. Incluso algunos teléfonos han incorporado en distintas épocas emisores infrarrojos para poder funcionar como mandos a distancia universales.
Lo que desapareció fue aquella forma tan particular de comunicarnos.

